Capítulo 37. CEREMONIAS.
Nos hallábamos en medio de un archipiélago de islas de fina arena blanca.
Había algunas tan pequeñas que una piedra lanzada por un niño hubiera podido fácilmente volar de un extremo a otro de la isla, otras en cambio eran tan grandes como varios campos de fútbol juntos. Tenían un rasgo común todas ellas, a parte de la fina arena blanca: en su centro crecía un árbol, y alrededor del árbol se erigían pilastras de piedra negra y pulida, ligeramente curvadas y más finas en su parte más alta que en la base, como si fueran colmillos truncados que surgieran de la arena igual que surgirían de las encías de un monstruo gigante. Todas las pilastras eran negras como el azabache y brillaban bajo el implacable sol del mediodía, pero había de diferentes tamaños; alguna había tan alta como el árbol de la isla correspondiente, otras se truncaban a la altura de un torso humano. Los árboles semejaban tamarindos con copas grandes y simétricas, de altos y amplios doseles bajo los cuales fondeaban frías y densas sombras. De sus ramas colgaban abundantes frutos amarillos. Parecían peras de agua maduras, rebosantes de líquido y azúcar. Nos deslizábamos entre las islas lentamente y, a veces, pasábamos tan cerca que sentía el frescor de la sombra y tenía tentaciones de alargar el brazo y probar la fruta. Pero me contuve siempre.
No estábamos solos.
Miles de terkumas nos rodeaban, algunos en barcas, como nosotros, incluso alguno en navío de vela, y muchos otros en vehículos-burbuja, desplazándose por el aire, también varios cerebros vispoides en medusas portadoras se deslizaban casi paralelamente a nosotros, y vispoides y medusas de todo tipo. Todos nos dirigíamos hacia el mismo lugar.
Hacia una isla en medio del archipiélago. Una concreta. De fina arena blanca, como todas, pero con algún rasgo particular invisible a nuestros ojos que la convertía en una isla especial entre todas. Los terkumas sabrían cuál era ese rasgo. Por qué aquella isla y no cualquier otra. El motivo estaba relacionado con Nevando cerezas. Y con sus ancestros.
En la proa llevábamos el cadáver del niño, envuelto en una tela parecida a la seda.
Estábamos en un cementerio terkuma.
Iban a hacer algo con el cuerpo de Nevando.
Una ceremonia de difuntos. No nos habían explicado exactamente qué.
La noche anterior había preguntado a Palabra si tenían creencias religiosas y me había contestado que todos soñamos. El anciano no tuvo a bien darme más detalles. Luego, Cerebro le había replicado algo que no nos habían querido traducir y se habían enzarzado ambos en una discusión de la que no nos explicaron nada. No sé cómo discutirán los terkumas. Palabra gesticulaba mucho con sus tentáculos-brazo, miraba fijamente a cerebro y su cráneo se incendió en una tormenta de colores. Supuse que estaba discutiendo. Cerebro parecía más tranquilo, pero creo que era sólo una apariencia. Un relámpago azul atravesaba de vez en cuando la mesoglea de la medusa portadora y sus tentáculos temblaban, como si tuvieran ganas de lanzarse igual que látigos pero se contuvieran. El estado de Cerebro no parecía normal, ni el de Palabra. Claro que tampoco era previsible que Cerebro, una vez recibido el mensaje del Coleccionista, siguiera con nosotros en el árbol-torre. Y ahí estaba. Con nosotros. Al final, Palabra salió de la habitación sin ni siquiera despedirse, Cerebro se quedó y los humanos seguimos sumidos en nuestra ignorancia. No insistí más.
Antes de presenciar la discusión, habíamos contemplado el rostro de Brumantra en paz. Lo vimos a través del vídrio de la cápsula de cronostasis. Flotaba en una atmósfera levemente azul. Estaba pálido y tenía los ojos cerrados, pero en calma, no había tensión alguna en sus facciones. Parecía dormir profundamente.
Fuimos a verla en cuanto llegamos al árbol-torre. Una vez ante ella, Alkai ya no se separó de la cápsula de cronostasis más que para ir al lavabo una vez durante la noche, donde estuvo llorando, se refrescó la cara y luego la vimos volver a velar el cuerpo de su amada con una expresión muy digna en su mirada, casi desafiante, tan firme y segura que no admitía pregunta o expresión de condolencia alguna. Idkereda y yo permanecimos, por lo tanto, en silencio. Nos limitamos a bajar mantas después de cenar y a quedarnos con ella el resto de la noche.
- Nos lo llevamos -fue mi respuesta cuando Palabra me preguntó qué queríamos hacer con el cuerpo.
- Si lo prefieren podemos hacer una ceremonia -ofreció Palabra-, no sería la primera vez.
Alkai, sentada en el suelo a los pies de la cápsula de cronostasis, negó con la cabeza. Yo puse las palabras:
- Preferimos que venga con nosotros cuando nos rescaten.
No lo dije por Alkai, o al menos no sólo por ella. Lo dije por la Armada. Nuestros superiores querrían ver el cuerpo si algún día conseguíamos regresar.
- Como quieran -había contestado Palabra con voz suave-, lo criogenizaremos para su conservación. De todas formas, mañana estarán presentes en la despedida de Nevando cerezas. Si cambian de opinión, podemos organizar una ceremonia semejante para su compañera. Les ofrecemos nuestra memoria. Acoger en nuestra memoria la memoria de un ser humano hará felices a los terkumas. Los terkumas somos hospitalarios.
Después de estas palabras, se fue y nos dejó solos toda la noche.
A la mañana siguiente empezamos a prepararnos para formar parte del cortejo fúnebre.
Nos dieron calzado y ropa nueva. El calzado era sencillo y cómodo, elaborado con una tecnología en apariencia rudimentaria. La ropa eran pijamas de algodón como los anteriores, pero adornados con cintas de colores. Desde un punto de vista humano aquellas cintas de colores no encajaban bien en un cortejo fúnebre. Se me pasó por la cabeza que nos habían vestido como bufones, de una forma estrambótica para que los culpables de aquella desgracia resaltaran entre la multitud. Pero cuando vi a Aniolita, comprendí que no podía ser ese el motivo. Ella también iba adornada con las mismas cintas de colores.
Los terkumas se pasaron el trayecto cantando. Desde que salimos del árbol-torre hasta que llegamos a la isla siempre daba la entrada Palabra, que iba en nuestra misma barca, y luego le seguían todos a coro. Habían substituido su habitual redecilla negra por una capa que cubría todo su cuerpo, desde su voluminoso cráneo hasta el extremo de sus tentáculos, en contacto con el suelo. Su rostro quedaba al descubierto y también sus brazos, aunque algunos de ellos preferían ocultarlos con el resto de su cuerpo tras la capa. El tejido con el que estaba confeccionada la capa era translúcido, por lo que los colores con los que se teñía el cráneo de los terkumas aún eran visibles. Podíamos observar cómo cambiaban sin cesar al compás de la música, pero se veían apagados: la capa terkuma era como un velo que los amortiguaba, igual que un papel de seda blanco o una niebla. El efecto era tenue en medio del día soleado pero, aun así, a veces teníamos la impresión de estar rodeados por miles de farolillos de colores que nos acompañaban en lenta procesión por el agua y por el aire.
Los terkumas no eran los únicos seres vivos fuente de luz y de color: había muchas medusas que nos acompañaban flotando a varios metros de altura por encima de la superficie del agua, y su mesoglea refractaba los rayos de sol como si de un prisma o una gota de lluvia suspendida en el aire se tratara; y la superficie fluida y transparente de las lágrimas-vehículo reflejaba la luz igual que lo haría la de pompas de jabón suspendidas en el aire bajo el sol de mediodía.
Así llegamos a la isla escogida: en medio de una tormenta contenida de música y colores.
Y había algo en la actitud de los terkuma que infundía respeto, quizá incluso miedo porque acababas pensando: un error y toda la energía que nos rodea se desatará en forma de tormenta tropical contra nosotros, y no habrá piedad. La actitud de los terkuma imponía seriedad y prudencia en los gestos. Ellos no tenían labios que se movieran mientras hablaban, lo más parecido a ese rasgo humano eran sus cilios bucales y nos dimos cuenta de que podían emitir sonidos sin moverlos, podían cantar a la vez que su rostro permanecía totalmente inmóvil, sin que la más mínima vibración alterara sus cilios o cualquier otro rasgo de su rostro. Es cierto que sus cráneos se iluminaban pero para nosotros ese detalle carecía por completo de significado. Quizá una sepia se hubiera sentido como en casa pero lo cierto es que a los humanos nos sobrecogió el contraste entre la música y la luz por un lado, y la imperturbabilidad de los rostros terkuma, por otro.
Me fijé en Aniolita, que había vuelto a unirse a nuestro grupo aquella mañana, a la hora del desayuno. Vestía una túnica del mismo material que la capa de los terkuma. Le cubría de la cabeza a los pies, sólo sus manos y su rostro eran visibles. Sus labios sí se movían, muy ligeramente, pero se movían. Por lo demás, su rostro permanecía impasible. Su mirada parecía haber llegado a nuestro destino mucho antes de que lo hicieran nuestros cuerpos. Su cráneo no brillaba; la ingeniería genética terkuma no había llegado tan lejos. Quizá por eso habían adornado la túnica de Aniolita con las mismas cintas de colores con que habían adornado nuestros pijamas.
La isla escogida quedó rodeada de barcas y navíos, vehículos-burbuja y medusas y vispoides. Una gran multitud lanzando cánticos y colores bajo el implacable sol del mediodía. Siendo anfibios sus ancestros más recientes, me extrañaba que el sol cayendo a plomo les gustara tanto a los terkuma. O quizá no les gustaba, quizá simplemente lo soportaban estoicamente, como una penitencia autoinfligida, un suplicio controlado que impedía que se distrajeran, que les obligaba a estar ahí presentes con toda su atención y su fuerza de voluntad. Era un misterio. Se parecen a nosotros, había dicho Idkereda. Y tenía razón y, a la vez, cuántas diferencias cabían entre parecido y parecido: universos enteros.
Palabra fue el primero en descender a la arena blanca. Se acercó a una de las pilastras negras que sobresalían de la arena y posó una de sus manos sobre la parte convexa de su superficie negra. Se hizo el silencio. Un silencio absoluto. La superficie era tan profundamente negra que parecía que iba a absorber la mano hasta el codo, hasta el hombro, el ser entero hasta hacerlo desaparecer por completo, como si se hubiera perdido en las profundidades del Universo.
No ocurrió. La mano de Palabra siguió siendo visible, al menos durante aquella ceremonia. Al cabo de unos segundos, nuestro anfitrión deslizó la palma de su mano terkuma sobre la piedra negra y empezó a cantar. Esta vez, el resto de terkumas permanecieron en silencio.
- Palabra lee la piedra -murmuró Aniolita a nuestro lado-, la edad del sueño, dice, todos dormimos, todos soñamos. La vigilia fue leve, profundo será el sueño.
Estaba traduciendo a Palabra. Su mirada seguía ausente, y sus labios temblaban mientras pronunciaba aquellas palabras. Comprendí que faltaba algo esencial en aquella traducción. La emoción. ¿Cuál era la emoción que acompañaba a aquellas palabras? ¿Tristeza? ¿Esperanza? ¿Desasosiego? ¿Era algo acaso a lo que los humanos hubiéramos puesto nombre a lo largo de nuestra historia? ¿O seguía siendo desconocido para nosotros, a pesar de toda nuestra historia y a pesar de los miles de millones de seres humanos que habían vivido y muerto bajo el peso de la condición humana?
- ¿Quién se atreverá a distinguir el sueño de la vigilia? -murmuraba Aniolita.
Palabra repitió dos o tres veces más aquel estribillo, como un mantra, y al final retiró su mano de la superficie negra. Entonces todos los terkumas juntos entonaron un canto. Sus cráneos, que habían estado apaciguados mientras Palabra leía la piedra, volvieron a encenderse con colores cambiantes. Unos cuantos terkumas saltaron a la arena y levantaron entre todos el cuerpo de Nevando cerezas. Arropados por la música, portaron el cuerpo del niño por la isla. Se dirigían a las raíces del árbol. Tras ellos caminaban dos terkumas agarrados de las manos y con los cráneos recostados el uno en el otro.
Supuse que eran el padre y la madre. Trae consigo y la terkuma que se había destacado cuando llegamos de la selva. No estaba seguro, pues me daban la espalda y no podía distinguir sus rostros, y la capa cubría prácticamente todo su cuerpo. Pero era muy probable que fueran ellos. Sus cráneos palpitaban al unísono con un color azul celeste con vetas rojas. Daba la impresión de que llevaban alojados en la cabeza sendos corazones gigantes, dos corazones fosforescentes y gigantes que palpitaban con fuerza para que sus dueños pudieran seguir arrastrando la gran pena que cargaban a sus espaldas, tan sólida como dos sacos llenos de piedras.
Cuando estaban a punto de llegar a las raíces del árbol, todos los terkumas que aguardaban en la primera línea de barcas y navíos, descendieron y caminaron por la arena, acercándose al centro de la isla. Nosotros también descendimos. Aniolita así nos indicó que debíamos hacerlo.
Estábamos en primera fila cuando depositaron el cadáver de Nevando cerezas entre las raíces del árbol. Pocos terkumas estaban más cerca que nosotros del cuerpo del niño. El grupo que lo había portado desde la barca lo empujó hacia el tronco. El cuerpo del niño quedó oculto por las sombras que proyectaban las raíces. Fijándome, distinguí, casi oculto por la penumbra, una abertura en la base del tronco, flanqueada por dos gruesas raíces. Un par de terkumas del séquito que había portado el cuerpo hasta el árbol se situaron justo detrás de él, en el angosto espacio que quedaba libre entre raíces, y acabó empujándolo a través de la abertura hasta situarlo en el centro del tronco, más allá de la vista. Luego se retiraron todos y se situaron tras el padre y la madre, que seguían agarrados de las manos y con los cráneos recostados el uno en el otro.
Observé cómo Palabra volvía a apoyar su mano derecha sobre la pilastra, esta vez sobre la superficie plana de su punto más alto, que era poco más grande que la palma de su mano, y movía ligeramente los dedos.
Un fogonazo de luz cegador surgió de entre las raíces del árbol, justo donde habían depositado los restos de Nevando cerezas. Por unos segundos, el árbol fue como un cohete en el momento del despegue, cuando los motores rugen y tienes que entornar los ojos o apartar la mirada si no quieres quedarte ciego.
Mientras brillaba la luz, se levantó una brisa desde el mar que agitó nuestras ropas y nuestras cintas de colores. En un segundo, la brisa se tornó un viento fuerte que a punto estuvo de hacerme perder el equilibrio. Y luego, todo hubo acabado.
Todo duró un instante.
Un segundo fugaz.
La luz se apagó y las raíces del árbol, y el árbol entero, quedaron intactas, de nuevo sumidas en la penumbra, como si no hubiera ocurrido nada. La brisa se apaciguó hasta desaparecer tan rápido como había aparecido. Y el silencio se adueñó del lugar.
La muchedumbre de terkumas, vispoides y medusas que rodeaban la isla empezó a retirarse. Los navíos largaron velas, las barcas empezaron a bogar por aquel mar en calma, alejándose de la isla.
- Es extraño -dijo Idkereda- que no esté aquí Surkoi.
Miramos todos a nuestro alrededor. De repente, Alkai señaló hacia el otro lado de la isla.
- Ahí está -dijo.
Era cierto. Era Surkoi. Parecía muy cansado. De hecho, parecía incapaz de sostenerse por sí mismo: le sujetaban entre dos terkumas. Vestía el mismo pijama con cintas de colores que vestíamos nosotros pero él, además, llevaba gafas de sol totalmente opacas.
Me acerqué corriendo.
- ¡Surkoi! -grité.
Correr por arena es difícil. Llegué sin aliento. Le sujeté de los hombros y lo agité. A Surkoi le fallaron las piernas y cayó de rodillas en la arena. Los terkumas que le sostenían empezaron a arrastrarlo hacia el mar, donde vi que les aguardaba una barca. Las rodillas de Surkoi dejaron surcos profundos en la arena.
- ¡Esperen! -grité.
No me hicieron caso, pero corrí y me planté de nuevo ante ellos. Al verme plantado ante ellos sí se detuvieron un instante. Aproveché inmediatamente para agarrar la cabeza a mi piloto y alzar su rostro hacia mí.
- ¿Me oye, Surkoi?
Oí la respiración jadeante de Idkereda y de Alkai a mis espaldas.
- ¡Surkoi! -gritó Idkereda.
También oí pasos a nuestro alrededor. Nos estaban rodeando.
Los labios de Surkoi se movieron. Al principio no consiguió articular palabra alguna.
Le di una bofetada. No muy fuerte. Alkai no tuvo tanta piedad. Se acercó por detrás de mí y le propinó una bofetada que le giró la cara con tanta violencia que las gafas de sol salieron volando y quedaron medio hundidas en la arena.
- ¡Responde a tu comandante, piloto! -exigió Alkai.
Los terkumas reanudaron de nuevo el arrastre de Surkoi hacia la barca. Yo lo retuve. El piloto alzó la mirada y posó sus ojos sobre mi. Estaban en blanco.
- Todo brilla, señor -dijo-... todo brilla...
- ¡Maldita sea! -exclamé.
Mientras me alzaba, grité:
- ¡Palabra!
- Estoy aquí, Katmai.
Me giré y, efectivamente, ahí estaba, a dos metros tras de mí. Aniolita estaba a su lado.
Y también Trae consigo. Y rodeándonos a todos, bastantes terkumas más.
Aniolita se acercó a mí y me sujetó el brazo, y a Alkai también.
- No -dijo-, no -insistió con vehemencia-, es un regalo... ¡un regalo!
Yo suspiré furioso.
No teníamos muchas opciones.
- Palabra, por favor -pedí-, permita que se quede con nosotros.
Trae consigo se adelantó hasta situarse enfrente de mí. Estiró sus tentáculos de tal forma que se alzó y sus ojos quedaron a la misma altura que los míos. Me miró fijamente.
Estaba tan cerca que oía el aire entrar y salir de sus pulmones, y podía ver la tensión de su rostro y sentir su aliento. También podía ver mi imagen reflejada en sus negros globos oculares.
Sentí que se contenía. Estaba muy enfadado.
Me abracé a su cuello.
Las sepias son moluscos cefalópodos que han perdido la mayor parte de su concha. Yo no sé qué serán los terkumas pero como mínimo tienen que ser vertebrados, a pesar de sus tentáculos, de sus cilios bucales y de sus cráneos de colores cambiantes. Podría hablar de gravedad y de cómo sostener si no un cuerpo masivo como el de un humano en una gravedad casi como la terrestre, pero no hace falta: yo me abracé a Trae consigo y palpé su rostro con el mío y era duro. Puede que los tentáculos terkuma no tengan hueso ni articulaciones como las humanas pero por encima de los cilios bucales, que cosquilleaban por mi cuello y caían encima de mi hombro izquierdo, sentí sus pómulos, y pegada a mi sien, su sien, palpitando. Y todo esto era duro, y frío. Quizá era sólo cartílago y el único hueso de verdad que había en todo el cuerpo de un terkuma era su columna vertebral, auténtica base de su cerebro y sus pulmones y de la cual radiaban todos sus tentáculos. Quién sabe.
Lo cierto es que los pulmones de Trae consigo se inflaron tanto que tuve la impresión de que el tejido membranoso que los protegía estaba a punto de desgarrarse. Pensé que iba a emitir uno de aquellos cánticos con los que en más de una ocasión a los humanos nos había dejado fuera de combate. Me abracé con más fuerza.
Me equivocaba. Trae consigo no cantó. Pasó sus tentáculos-brazo por entre mis brazos y apoyó sus manos en mi pecho. Me empujó violentamente.
Salí volando y caí en la arena, a los pies de Surkoi.
Todo el mundo miraba.
Hice un gesto a Alkai. Me entendió al instante. Se acercó a Surkoi y empezó a examinarlo. Yo me alcé, volví a acercarme a Trae consigo y dije, con la cabeza gacha:
- Trae consigo, sentimos muchísimo la muerte de su hijo.
Esto le enfureció aún más. Dio un paso hacia mí. Se detuvo. El cráneo encendido de un rojo intenso veteado de violeta. Dio media vuelta, me dio la espalda y volvió a alejarse. Bufaba, furioso.
De repente se giró otra vez y, a medida que volvía a acercarse, gritaba:
- ¡Usted nada siente! Habla y nada siento. ¡No habla! Habla y es como oír a un animal, a una rama rascando en la piedra. Sonidos vacíos. ¡Inútiles! ¡Mire a los niños!
Señaló a un grupo de niños terkuma que estaban en una barca, lejos.
- ¡Ya no se acercan! -continuó- ¡Tienen miedo! ¡Tienen miedo de los humanos!
Dio una vuelta sobre sí mismo y siguió acercándose y gritándome.
- Me habla y... ¿cómo saber que no miente? ¡No siento nada! ¡No habla! ¿Cómo saber si dice verdad o miente? ¿Cree que no he visto el gesto a Alkai? Pienso: no siente nada, es todo una ... una estratagema humana para observar al humano del monolito. Eso pienso.
- Se equivoca -respondí con calma-, pero tiene razón: tendrá que confiar en nosotros. Nosotros hemos confiado en ustedes.
Dio un paso y se alzó hasta situar sus ojos a la altura de los míos, de nuevo. Nuestros rostros volvían a estar a menos de un palmo de distancia.
- Sí -dijo con voz suave-, confiar -y entonces señaló al árbol de la isla-, por eso mi hijo ha sido entregado al árbol de los muertos.
- Es cierto -contesté-, Surkoi no se fió nunca, pero yo sí confié en ustedes, e Idkereda y Alkai.
Hice una pausa. Una multitud a nuestro alrededor nos miraba, me miraba a mí, expectante, en silencio.
- Y Brumantra -concluí-, Brumantra también confió en ustedes, y murió intentando proteger a su hijo.
Los colores de su cráneo se apagaron. Su respiración se apaciguó y se apartó de mi.
- Por eso siguen vivos -dijo-. El humano del monolito puede estar con el resto de humanos unas horas. Luego deberá volver a sentarse ante el monolito o morirá.
- Tiene unas décimas de fiebre, señor -dijo Alkai.
- Todo brilla -insistió Surkoi.
- No es una amenaza -explicó Trae consigo-, el monolito mantiene vivo al humano, si está lejos mucho tiempo, enfermará y morirá.
Trae consigo dio media vuelta y se dirigió hacia una de las barcas que aún quedaban en la orilla. Le siguió un numeroso grupo de terkumas. Algunas medusas se fueron volando, otras se sumergieron en el agua. La multitud poco a poco se fue dispersando.
Me incliné al lado de Alkai. Idkereda observaba los ojos de Surkoi y Alkai analizaba su sangre y su saliva mediante los mismos filamentos que había utilizado con todos nosotros el día que despertamos en el árbol-torre, después de haber estado inmersos en las medusas.
Me disponía a preguntar a Alkai por el estado del piloto cuando oí unos pasos a mis espaldas. Me erguí, me giré y vi que era Trae consigo. Había vuelto sobre sus pasos y me señalaba con sus tentáculos-brazo.
- Palabra -dijo-, alguien debería explicar a los humanos por qué no utilizamos la voz para reducirlos en la selva. Alguien debería explicárselo, humano estúpido.
Palabra sujetó a Trae consigo y le tranquilizó diciendo:
- El propio humano del monolito lo hará.
Después de esta intervención de Palabra, Trae consigo volvió a darnos la espalda y se alejó definitivamente hacia la barca, donde le esperaban todos los terkumas que habían estado más cerca de nosotros cuando me abracé a él.
En pocos minutos nos quedamos solos en la isla. Incluso los terkumas que sostenían a Surkoi se fueron, tras darles permiso Palabra. Nos quedamos Idkereda y yo sujetando a Surkoi.
- Llevémosle a la sombra -dije.
- Está limpio, señor -me informó Alkai.
- Siempre es bueno saberlo -contesté.
Le sentamos en la arena, pero protegido ahora por la copa del árbol de los inclementes rayos de sol. Me quité la parte superior de mi pijama y se la pasé a Idkereda.
- Empape la manga en agua y tráigala -ordené.
Me quedé solo sujetando a Surkoi. Alkai se arrodilló y nos observó a los dos. Aniolita trajo las gafas de sol.
- ¿Qué opina? -pregunté.
Surkoi cerró los ojos y volvió a abrirlos al cabo de un segundo. Ya no estaban en blanco. Sus pupilas intentaron enfocarme a mí primero y luego a Alkai.
- Estáis aquí -dijo mirando a la mujer-, no lo he soñado.
- ¿Qué opina, Alkai? -insistí.
- No está drogado -respondió Alkai-, parece más bien que está delirando, como si tuviera mucha fiebre, pero sólo tiene unas décimas.
En ese momento llegó Idkereda con la manga de mi pijama empapada en agua. Se la puse en la frente y le tumbé en la arena, pero se revolvió, luchó por incorporarse de nuevo.
- No, no -explicó-, si estoy tumbado me mareo.
Pedí a Idkereda que volviera a empapar la manga.
- Anda... y si estoy sentado, también -añadió Surkoi, que se quedó sonriendo tontamente.
- Puede que tenga una infección vírica -sentenció Alkai.
- Palabra os lo explicó -intervino Aniolita-, los terkumas utilizan vectores víricos para intervenir en el ADN humano. Luego los desactivan. Están modificando su red neuronal.
Alkai y yo miramos a Aniolita. Luego nos miramos entre nosotros.
Idkereda regresó con la manga empapada de agua y él mismo se la puso en la frente a Surkoi.
- Idkereda -dije-, puede que Surkoi tenga una infección vírica.
Idkereda frunció el entrecejo mientras empapaba la frente y la cabeza de Surkoi de agua.
- ¿Vírica? No sé -dijo.
- Para modificar el ADN -explicó Alkai-, recuerda lo que nos dijo Palabra.
- Es una tecnología obsoleta -replicó Idkereda.
El biólogo me devolvió el pijama y se acuclilló al lado de Alkai.
- A no ser -continuó- que utilicen virus artificiales o algún otro tipo de nanomáquina.
- No sé qué tipo de virus utilizan -intervino de nuevo Aniolita, un poco impaciente-, pero sí sé que si no vuelve dentro de pocas horas ante el monolito entonces el crecimiento se vuelve incontrolado, la fiebre subirá y su compañero morirá.
- Pues vaya regalo -contestó Alkai.
- Cuando acabe el tratamiento, será una persona nueva -dijo Aniolita.
- No sé yo si Surkoi quería ser una persona nueva -murmuró Idkereda.
Surkoi extendió las manos hacia las tiras de colores de los pijamas de Idkereda y Alkai, pero las retiró rápidamente en cuanto las yemas de sus dedos las rozaron, como si le hubieran quemado.
- ¿Qué pasa, Surkoi? -le preguntó Alkai ofreciéndole las tiras de colores de su pijama-, ¿qué pasa con estos colores? Mira, yo los puedo tocar. ¿Por qué tú no?
- Brilla -contestó el piloto-, todo brilla. Quema.
Suspiré. Alkai intentó acercarse a Surkoi pero la agarré por el hombro y se lo impedí.
Idkereda preguntó a Aniolita qué significaban aquellas tiras de colores.
- Palabras -respondió la mujer-, una sola no significa nada, pero si las combinas entonces se forman palabras, frases, con toda la carga emotiva que tienen para los terkumas.
Surkoi abrió la boca y agitó los brazos delante de él, como si necesitara aire. Boqueó igual que un pez, intentó levantarse, gimió.
Alkai y yo intentamos alzarle. Idkereda cogió de nuevo mi pijama y lo agitó delante del piloto para refrescarle un poco.
- ¿Qué le pasa, Surkoi? -pregunté- ¿Qué ocurre?
- Los colores -murmuró-, marean, duelen, hablan...
De repente se desprendió de nosotros, cayó al suelo de culo y se alejó impulsándose con los codos y las piernas.
- ¡No os acerquéis! -gritaba.
Sólo Aniolita pudo acercarse, y sólo para darle las gafas de sol, que se puso inmediatamente.
Palabra se había mantenido al margen todo aquel tiempo. Había llegado el momento de pedirle explicaciones. Me giré, le miré fijamente y dije:
- Palabra, su tratamiento ha vuelto loco a este hombre.
- El tratamiento no ha finalizado -me contestó escuetamente Palabra.
Aniolita sonreía.
Sonreía de pie ante Surkoi, mientras Surkoi permanecía sentado en la arena, indefenso. El hombre giraba la cabeza a un lado y a otro. Observaba su alrededor incansablemente, como si le acechara algún depredador y no quisiera que le pillara desprevenido. Tenía miedo, se sentía inseguro, vulnerable.
- ¿Se puede saber de qué se ríe? -pregunté.
- A mi me pasó lo mismo -respondió Aniolita, sin apartar la mirada de Surkoi y sin dejar de sonreír.
(Fin del capítulo 37. Capítulo siguiente)
Comentarios
Publicar un comentario