Capítulo 36. CONVENCER.

        Ahí estábamos de nuevo.

Las cometas oscilaban pacientes en el cielo mientras las barcas avanzaban lentamente con nosotros a bordo. Estaba a punto de amanecer. La primera claridad ya se alzaba por el horizonte oriental. Todo permanecía tranquilo en medio del manglar. De vez en cuando oíamos un animal entre los árboles, o veíamos una sombra huir en las profundidades del agua mansa. El suave bogar de las góndolas rompía la lisa superficie del agua como un susurro rasga el silencio. No éramos más que un murmullo insignificante durante la quietud del alba. Nos dirigíamos hacia el claro donde se había realizado la conexión el día anterior.

Apenas habíamos dormido. Nuestro sueño pesaba más en las embarcaciones que nuestros propios cuerpos. Pero no teníamos opción: teníamos que intentar comunicarnos con el Coleccionista de medusas antes de que su nave partiera de nuevo hacia las estrellas. Habíamos estado trabajando casi toda la noche para conseguirlo.

Los terkumas guardaban la mayor parte de los archivos de la expedición de Danel Primero. Se trataba de grabaciones holográficas estándares un poco anticuadas, pero en perfecto estado; y entre aquellos archivos pudimos encontrar muchas piezas musicales. Hubo una que me llamó la atención. Se titulaba Palladio, de Karl Jenkins, un compositor del siglo XX. Decidí que sería aquella obra la que interpretaríamos ante el Coleccionista. La interpretaríamos como quinteto de cuerda: dos violines, viola, violonchelo y contrabajo.

- Señor -protestaron Idkereda y Alkai al unísono-, no tenemos ni idea de tocar el violín.

- No se preocupen -les respondí: toquen la viola y el violonchelo.

Ambos intentaron protestar de nuevo pero yo me adelanté y les dejé con la palabra en la boca:

- Insisto: no se preocupen -les tranquilicé-, mi plan es escuchar esta pieza toda la noche. Eso es todo lo que tendremos que hacer. Escuchar. Atentamente. Mañana, cuando estemos ante el coleccionista, simplemente concéntrense en su recuerdo. Rememoren... rememoren lo mejor que puedan la música, cada uno el instrumento que le asignaré. Será suficiente. Espero.

Aniolita se quedó con el primer violín, yo con el segundo e Idkereda y Alkai con viola y violonchelo respectivamente. Quedaba por asignar el contrabajo. Había previsto pedirle el favor a Palabra, o a Árbol de luz, pero la respuesta de Palabra nos desconcertó a todos.

- Hay aquí alguien que les sería más útil que cualquier terkuma -aseveró.

Después de un primer segundo de desconcierto, todos los humanos desviamos nuestra mirada hacia la medusa portadora y centramos la atención en el cerebro vispoide. Aquella masa compacta de millones de insectos con filamentos sobresaliendo de ella como rizomas de un tubérculo recibió nuestras miradas sin inmutarse.

- Cerebro -pregunté-, ¿sabe lo que es un quinteto de cuerda? ¿Lo que es la música?

Durante unos segundos no sucedió nada. Algunas lámparas-luciérnagas titilaron, como si bostezaran. Palabra se meció en su columpio-silla, despreocupado. Cuando estaba a punto de dejar de prestar atención a Cerebro y dirigirme de nuevo a Palabra, empezó a ocurrir. Miles de insectos se separaron de la masa principal del cerebro vispoide, se dirigieron hacia el epitelio de la medusa portadora y comenzaron a acumularse en el lado que quedaba más cercano a nosotros. No lo hicieron sin orden ni concierdo, no se apilotonaron contra el epitelio interior de la umbrela de cualquier manera, sino que siguieron un patrón, cada vez más evidente, hasta que apareció una imagen ante nosotros: nosotros mismos. Como si nos reflejáramos en un espejo curvo, incluido Palabra, y todo lo demás que había en la habitación. Cerebro había dibujado la escena que tenía ante sí con parte de su propio cerebro, a base de puntos claros y oscuros. Me acordé de la esfera de Escher en la que se reflejaba el propio Escher y la habitación donde se hallaba. Escher sujetaba la esfera con la yema de sus dedos, a la altura de su rostro, y sostenía su propio reflejo ante sí mismo; pero en esta ocasión, siglos después de aquel autorretrato en espejo esférico, tuve la sensación de que era la esfera, con sus tentáculos alienígenas, la que nos sostenía a nosotros ante ella y nos observaba, y no al revés.

Esperamos a que Cerebro añadiera alguna explicación, pero al cabo de varios segundos de silencio profundo e incómodo quedó claro que no pensaba hacerlo. Así que dije:

- Tomaré tal respuesta gráfica como un “me estás aburriendo, humano” y, por lo tanto, como una afirmación. Usted, Cerebro, si le parece bien, será el contrabajo.

El dibujo se diluyó y no hubo objeción alguna por parte de los vispoides.

Al final no fue toda la noche, pero sí estuvimos durante horas en la estancia del árbol-torre dedicada a biblioteca-auditorio. Utilizamos una grabación holográfica con una gran calidad de imagen y sonido; perfecta para escucharla y contemplarla. Era como asistir a un concierto de cámara y poder revivirlo una y otra vez. Perdí la cuenta de las veces que lo visionamos. Palabra permaneció a nuestro lado durante todo el tiempo que estuvimos empapándonos con aquella música. Cerebro también estuvo a nuestro lado, tal y como le había pedido y, una vez le indiqué qué instrumento era el contrabajo, no hizo comentario alguno ni se quejó durante todas aquellas horas de vigilia.

La grabación había sido llevada a cabo al aire libre, en el jardín de un domicilio particular, durante algún tipo de celebración conmemorativa, con intérpretes humanos e instrumentos de madera que debían de valer una fortuna. No encontramos en ningún registro el nombre de la familia, ni su lugar exacto de residencia; lo único que pudimos deducir por el entorno fue que vivían en una de las ciudades anillo más antiguas, situada en un punto de Lagrange de algún sistema estelar de los primeros en ser colonizados por la ola humana en expansión. Viendo a los músicos al alcance de mi mano, pudiendo observar, con todo lujo de detalles, el brillo de la vida en sus ojos y la tensión en sus rostros, sus movimientos magistrales y su concentración profunda, ajenos por completo a nosotros, al futuro entero, no pude evitar pensar en La invención de Morel, la novela de Adolfo Bioy Casares, pero me fue imposible considerar aquellas imágenes como meros fantasmas del pasado, como simples huellas, rígidas, de lo que en otro momento tuvo nombre propio y fue consciente, como poco más que pisadas dejadas a orillas del flujo espacio-temporal por personas que ya no existían y que habían acabado siendo fósiles animados gracias a una máquina inhumana. Se me aparecieron más bien como versos de un poema, como entes vibrantes, frágiles y con vida propia, y también con el mismo poder que el de los seres vivos, capaces de hacerse con su entorno y transformarlo. Sí, eran seres vivos invocados por la música, traídos de nuevo a lo tangible gracias a ella. Porque, efectivamente, mi impresión subjetiva aquella noche fue que no eran ellos quienes invocaban a la música sino que era la propia música lo que los traía al presente, lo que los hacía reales. Igual que a nosotros, quienes escuchábamos conmovidos. No sólo nos emocionaba y hacía nuestra existencia en aquel momento más intensa: nos transformaba. Nos mejoraba. Nos unía a todos en una misma historia, en un único mundo compartido en el que las fronteras entre pasado y futuro se diluían y en el que, quién sabe, podía ser que también se sintieran incluidos los alienígenas que nos acompañaban.

Mi gran esperanza era que la música le diera pistas al Coleccionista de medusas sobre cómo funcionaba nuestra mente, sobre qué neuronas, en qué orden y a qué ritmo tenía que estimular para inducir imágenes que comprendiéramos.

Alkai e Idkereda se habían pasado todo el camino tarareando la melodía. Aniolita y yo, a ratos, nos uníamos a ellos. Cerebro seguía simbiotizado con su medusa portadora y no necesitaba barca para trasladarse por el manglar. De vez en cuando le observaba y me parecía distinguir vibraciones y fluctuaciones en aquella masa compacta de insectos que era el núcleo de la colmena vispoide. Tuve la impresión de que estaba hablando consigo mismo, pero tal vez, en realidad, y quizá incluso muy probablemente, estaba haciendo algo equivalente a tararear para los humanos.

Finalmente, llegó el momento de conectarse a través de las cometas.

- Cierren los ojos y recuerden la música -dije, simplemente. El plan era sencillo, no era necesario añadir nada más.

En pocos segundos estuvimos ante el Coleccionista de medusas, y la música empezó a sonar. Al principio estaba dentro de nuestra cabeza y era débil, como un leve eco, un recuerdo que había que mimar para que no se apagara, un rescoldo que había que proteger del viento, del ruido, del miedo, y avivar con mimo... pero poco a poco fue haciéndose cada vez más nítida, más cercana, más tangible, más palpable y potente hasta rebosar de nuestros cráneos e inundar todo el espacio en el que nos hallábamos. Comprendí que el Coleccionista había captado el mensaje y reproducía y mejoraba lo que veía en nuestras mentes.

- Seguid concentrados en la música -ordené-... creo que está funcionando.

Aniolita seguía a nuestro lado, con los ojos cerrados, sin titubear; y Cerebro no había dicho “este narrador es mío” en toda la mañana pero ahí permanecía también, y seguro que colaboraba de forma decisiva.

Después de años de guerra, aquel momento en el que la música inundó la nave Coleccionista fue un instante de paz delicioso, un reencuentro con la belleza después de años de muerte y destrucción; una tregua, casi como un retorno al hogar. La música hacía que se me erizara el vello por todo el cuerpo y se me saltaran las lágrimas. Pensé que los seres humanos merecíamos ser salvados, a pesar de todo el horror del que se nos podía acusar. ¿Pensaría lo mismo el Ínbid?

Quién sabe siquiera cuáles eran los auténticos valores de los Coleccionistas de medusas y los vispoides.

En cualquier caso, la comunicación a través de la música funcionó.

En pocos minutos, nuestra situación cambió y la paz se acabó: volvíamos a estar en guerra.

Para nuestra sorpresa, nos hallábamos ante los restos de nuestra cápsula. De hecho, lo que quedaba de la cápsula se hallaba como a un kilómetro de nuestra posición, al final de una zanja que había abierto el cuerpo de la nave al estrellarse. A nuestro alrededor, la tierra estaba quemada y en algunas zonas vitrificada. Aún salía humo de los despojos del vehículo. El viento lo dispersaba después de arrastrarlo por la llanura. El mismo viento que nos azotaba sin piedad. A lo lejos, se veía una muralla verde: era la selva, probablemente la misma a donde había ido a parar Surkoi en su desesperado intento de huida.

Alkai, Idkereda y yo pegamos hombro contra hombro y formamos un triángulo compacto para que ningún ángulo quedara fuera de nuestra visión. Aniolita estaba desconcertada y no dejaba de girar sobre sí misma. Cerebro se situó justo encima de nosotros y nos protegió con los tentáculos de la medusa portadora.

Probablemente el entorno estaba muy contaminado, tanto con productos químicos tóxicos como con radioactividad. Pero eso no nos preocupaba en aquel momento.

Estábamos rodeados de medusas avispa y vispoides.

Eso sí nos preocupaba.

Las medusas avispa son casi transparentes y extraordinariamente hermosas, pero tan letales y traidoras como el monstruo mitológico con el que comparten nombre, y sin que ante los espejos pierdan un ápice de su poder. Tres metros de altura, un cuerpo fino como un torpedo y cimbreante como un látigo, brillan a veces como relámpagos de plata y otras veces se antojan transparentes incluso al tacto pues soplan su aliento mortal sobre ti sin que puedas siquiera intuirlas. No se sabe de ningún caso en el que hayan tenido piedad con nada ni con nadie. Infunden pavor incluso en las fotografías, más aún si las tienes a pocos metros de distancia, más aún si son legión y te rodean.

Ahí estábamos, rodeados de medusas avispa.

- ¿Qué es esto, señor? -preguntó Alkai. Su voz firme no podía ocultar su terror, fuerte como una garra cerrada sobre su corazón.

- ¡Silencio! -ordené.

Yo también estaba aterrorizado.

E Idkereda jadeaba a mi lado.

No sólo había medusas avispa, también había esferas de mercurio, espantosas en su pulcra perfección. En su nítida superficie espejada se reflejaba el mundo entero, nosotros nos reflejábamos, nuestras caras de terror, hasta nuestras gotas de sudor helado deslizándose por nuestras sienes palpitantes se reflejaban. Levitaban cientos a nuestro alrededor. Algunas a ras de suelo, otras a unos cuantos metros de altura, aún más alto otras. Casi cubrían el horizonte y el cielo. Cientos de esferas de mercurio perfectas, imperturbables, impasibles: nos rodeaban a nosotros y a la cápsula.

Y volando entre aquella constelación de pesadilla, miles de vispoides guerreros. Miles de seres armados con aguijones mortales capaces de atravesar a un ser humano de parte a parte. Miles de ojos facetados sometiéndonos a escrutinio frío y severo mientras esperaban órdenes. Miles de alas zumbando a nuestro alrededor. El viento fustigaba con fuerza la llanura, pero a los vispoides les daba igual: podían volar con vientos huracanados, de noche, de día, con niebla, en medio de cumulonimbus, soportaban el granizo y la nieve, y tanto el calor abrasador del desierto como la humedad de los trópicos eran una bendición para ellos.

Ahí era donde quería meterse Surkoi.

Ahí era donde estábamos nosotros.

¿Estábamos?

- ¿Nos han teletransportado, Idkereda? -pregunté.

- Y una mierda, señor, esto sigue siendo una simulación -me contestó, tenso como una cuerda de violín-, pero no me gusta nada.

- ¿No seguís oyendo la música? -preguntó Alkai.

- Sale del módulo -dijo Idkereda.

- Vamos -dije yo.

- ¿Es una broma, señor?

- No, oficial, no es una broma.

- Lo pregunto, señor, porque al decir “vamos” a lo mejor quería decir “vámonos”. No sé si habrá observado que en sentido contrario al módulo la densidad de enemigos Ínbid por metro cuadrado disminuye en lugar de aumentar.

- Soldado, quiero decir lo que ha entendido: vamos hacia el módulo.

- De acuerdo, señor.

- No tiene que estar de acuerdo. Tiene que cumplir la orden.

- Tiene usted razón, señor.

Dimos un paso hacia el módulo, hombro contra hombro, muy juntos y cubriendo cada uno de nosotros un ángulo de ciento veinte grados a nuestro alrededor. Luego otro. Ahí íbamos. Todos juntos. Vestidos con pijamas de algodón. Entre los tentáculos de una medusa portadora, que no se quedó atrás ni nos adelantó en ningún momento.

- ¡Aniolita! -grité-... ¡¿Qué hace quieta ahí?! ¡No se quede atrás!

Entonces ocurrió algo increíble.

Una medusa avispa se abalanzó sobre Aniolita pero antes de que pudiera llegar a tocarla uno de los vispoides que revoloteaban por los alrededores disparó su aguijón contra ella y la mató.

Nos quedamos sin habla mientras la medusa se derrumbaba en el suelo, sin vida, con el aguijón atravesándole su umbrela de parte a parte.

Una docena de vispoides se destacó de entre las esferas de mercurio, se acercó a nuestro grupo y se puso a volar en círculos a nuestro alrededor. Creo que pertenecían a Cerebro, creo que querían protegernos.

Aniolita estaba paralizada. Idkereda fue a por ella y la arrastró hasta donde estábamos Alkai y yo. La protegimos entre los tres y continuamos caminando lentamente hacia el módulo. Cerebro nos seguía sin dejar de rodearnos con los tentáculos de la medusa portadora. A nuestro alrededor teníamos un enjambre de vispoides como una corona de espinas bien ceñida.

A medida que avanzábamos las aguas fueron abriéndose ante nosotros, pero parecían estar a punto de cerrarse de nuevo en cualquier momento. A mitad de camino, apenas había ya un puñado de metros entre nosotros y las medusas avispa, las esferas de mercurio o los vispoides que no formaban parte de la colmena de Cerebro. Había momentos en que aquel muro de enemigos parecía estar a punto de derrumbarse sobre nosotros y engullirnos igual que engulló el mar al ejército del faraón.

Éramos un grupito de cuatro humanos apretujados y aterrorizados avanzando lentamente hacia los restos de nuestra nave estrellada.

- ¿Qué era eso? ¿Qué son estas cosas? -preguntó Aniolita con voz muy aguda, por el terror- ¿Medusas? ¿Por qué me ha atacado una?

- Era una medusa avispa -respondió Idkereda, sin dejar de caminar, sin mirarla, sin apartar la vista de todos los seres que nos escrutaban fríamente-, y no hacen más que atacar. A partir de ahora tendrás pesadillas con ellas, como cualquier ser humano normal del Universo. Bienvenida.

- Pero... pero esto no está sucediendo de verdad... ¿verdad?

La ansiedad deformaba la voz de Aniolita hasta convertirla en una caricatura de sí misma.

- En teoría no -respondió Idkereda-, es una simulación, una ilusión.

Alkai chilló:

- ¡Cómo que en teoría!

- ¡Joder! -corté yo, furioso- ¡Cállense! ¡Concéntrense!

La sensación de realidad era sobrecogedora, angustiosa, asfixiante.

La música sonaba cada vez más fuerte a medida que nos acercábamos a los restos de la cápsula. Cuando llegamos, Aniolita y Cerebro se quedaron a los pies del casco y Alkai, Idkereda y yo nos introdujimos por los nichos destinados a acoger a los incurdroids.

Si alguna vez conseguíamos llegar realmente a la cápsula, lo más probable es que aquel camino estuviera obstruido debido al impacto con el suelo, pero seguramente el Coleccionista lo había dispuesto así en la simulación para que pudiéramos acceder al interior sin revelar códigos de apertura ni permisos de acceso. Creo que era una señal amistosa. Lástima que la recibiéramos rodeados de medusas avispa y esferas de mercurio.

Avanzamos en medio del caos hasta la cabina de control.

- ¿Y ahora qué, señor? -preguntó Alkai- ¿Qué se supone que tenemos que hacer?

- No lo sé -contesté-, de momento, intentaremos enviar el mensaje de socorro tal y como haríamos si estuviéramos realmente en la cápsula.

Los paracaídas se habían abierto y las antenas aleph aún estaban en condiciones de emitir. La tela de los paracaídas estaba hecha girones y cubría buena parte del módulo, ondeaba como una bandera, a veces se inflaba cual vela ajada y sucia y otras veces se arrastraba por el suelo como un trapo viejo, pero había cumplido su misión: los sistemas de comunicaciones seguían operativos. Nos sentamos ante los paneles de mando e intentamos establecer contacto con las cosmobalizas. Sólo había un problema: el virus Ínbid. Había que desactivarlo antes de intentar enviar un mensaje de socorro.

- Nos iría bien tener a Brumantra aquí -susurró Idkereda.

De repente, la música cesó.

- ¿Hola? -oímos.

Era la voz de Brumantra.

Brumantra estaba ahí con nosotros.

Idkereda y yo dimos un respingo. En el angosto espacio de la cápsula, me golpeé la cabeza contra equipos electrónicos que se habían desprendido del techo y oscilaban sujetos precariamente de cables de fibra óptica. Las manos de Idkereda se crisparon sobre las pantallas líquidas. Los hologramas que indicaban el estado de todos los sistemas de la nave temblaron y se diluyeron hasta desaparecer. Nos quedamos sumidos en la penumbra.

Alkai se alzó y dio un paso al frente, hacia Brumantra.

- ¿Qué ha pasado? -preguntó Brumantra-, ¿cómo he llegado hasta aquí? No me encuentro bien.

Sus ojos suplicaban una respuesta. Brumantra en aquel momento, ante nosotros, en medio de la cápsula en ruinas, ya no era la bromista irredenta que había sido siempre, más bien parecía un ratoncillo de laboratorio asustado y desorientado, perdido en un laberinto incomprensible. Sus labios temblaban, su tez estaba pálida y sus ojos llorosos.

Alkai la abrazó con fuerza, la estrujó contra ella, igual de fuerte que un náufrago se aferra a un trozo de madera en medio del océano, igual de fuerte que un niño que ha estado a punto de perder a su papá o a su mamá. Brumantra respondió al abrazo.

- Ya recuerdo -dijo mientras rodeaba con sus brazos el torso de Alkai.

Idkereda y yo nos miramos y contuvimos la respiración. Teníamos los pelos de punta. No nos fiábamos, temíamos que en cualquier momento todo se derrumbara a nuestro alrededor, que Brumantra desapareciera con la misma facilidad que había aparecido, que la marea Ínbid que había fuera se cerrara sobre nosotros y que nuestros nombres desaparecieran en el olvido como si nunca hubieran existido. Estábamos a merced de la mente de un Coleccionista.

- Creo que el Coleccionista quiere que te transmita un mensaje -dijo Brumantra sollozando, con el rostro hundido en el pecho de Alkai y la voz rota por la emoción.

Alkai sujetó entre sus manos el rostro de Brumantra. Se besaron.

Unieron sus labios y se besaron hondamente, ajenas a todo lo que les rodeaba.

Por un momento, el tiempo pareció congelarse. De repente, no éramos Idkereda y yo los únicos que conteníamos el aliento: el Universo entero lo contenía.

Pero ni el Universo entero puede detener el tiempo.

Miré por una apertura en el casco y pude ver a Cerebro rodeado de medusas y vispoides enemigos. Y a Aniolita, que se había quedado a su lado, y contemplaba con inquietud evidente a todos aquellos seres que hasta hacía bien poco había considerado amigos incondicionales. Y cuando volví a fijar la mirada en Brumantra y Alkai, el beso ya se había roto, sus labios ya se habían separado y la oficial de comunicaciones se derrumbaba a cámara lenta, despacio, aún con los ojos cerrados, frenada en su caída únicamente por el abrazo de Alkai, que permanecía aferrada a ella y descendía al suelo junto con el cuerpo de su amante. Al final, Alkai se sentó entre los equipos electrónicos destrozados y sostuvo a Brumantra en su regazo.

La oficial de comunicaciones abrió sus ojos y fijó su mirada en Alkai.

- Ya está -dijo-... Alkai, tengo mucho sueño ¿sabes? Mucho sueño...

El rostro de Alkai estaba transido de dolor. Incluso su piel erupcionada de cicatrices expresaba dolor y desesperación a gritos. Su boca deformada en una mueca grotesca era lo único de ella que no gritaba. Sólo gemía:

- No, no, no....

Y mecía a Brumantra suavemente entre sus brazos.

Hasta que Brumantra murió.

Lo último que dijo fue: Decidle a Surkoi que no pienso pagarle la apuesta

Sonreía débilmente.

Murió con esa sonrisa en los labios.

En sus últimas palabras, volvió a ser ella, la Brumantra bromista de siempre.

Había entendido que el Coleccionista la había conectado con nosotros justo antes de morir.

Había entendido que iba a morir, que el Coleccionista la había despertado y la había catapultado a esa realidad virtual en la que nos hallábamos nosotros, y lo había hecho unos instantes antes de su muerte para que nos transmitiera un mensaje; había entendido que ni la medusa ni la ciencia médica de los terkumas habían podido hacer nada por salvar su vida, por salvar su cuerpo destrozado.

Así que había aceptado la muerte como quien acepta el sueño y se rinde a él.

Nosotros también lo habíamos entendido. Lo habíamos comprendido todo. Idkereda y yo nos habíamos quedado sin palabras, sin aliento, sobrecogidos. Al final, habíamos asistido a la muerte de Brumantra. No habíamos podido salvarle la vida.

Acababa de perder a uno de mis oficiales.

Alkai la mecía entre sus brazos. Ella había perdido muchísimo más.

Pensé que parecían una versión moderna de la Pietà de Miguel Ángel. Los brazos de Brumantra caían blandamente a ambos lados de su cuerpo. Y toda ella caía hacia la tierra, reclamada por sus profundidades, pero salvada momentáneamente por Alkai, aunque en peligro constante y de forma evidente de escurrirse de entre sus brazos como se escurre la arena de la playa de entre los dedos de un niño, por muy fuerte que cierre el puño.  

- No, no, no... -seguía diciendo el niño.

Entonces el cuerpo de Brumantra empezó a difuminarse, a desdibujarse, a desaparecer, a escaparse de aquella realidad que ni siquiera era real. En lugar de caer hacia la tierra se difuminaba hacia la nada.

Alkai se abrazó con fuerza a lo que quedaba de él y con fuerza gritó: No, no, no... ¡No!... Pero fue inútil: al cabo de unos segundos estaba braceando en el aire, intentando recuperar el sueño.

- ¡Devuélvemela! -gritaba- ¡Devuélvemela!

Pero hubiera sido como gritar ante el océano por que nos devolviera un sueño.

El retorno a la ilusión era imposible.

Brumantra había muerto.

Alkai se dejó llevar por la cólera.

Hice una señal a Idkereda.

Intentó sujetarla.

Alkai le empujó contra el panel de control y siguió avanzando.

- Alkai...

No me dió tiempo a decir nada más.

También me apartó de un empujón.

La agarré de un pie, intenté sujetarla, casi perdió el equilibrio... pero se zafó de mí a tiempo y arrancó un trozo de cable de fibra óptica ultradensa con recubrimiento orgánico. Aquel cable pesaba casi lo mismo que un cable grueso hecho de plomo, sin embargo lo blandió igual que hubiera blandido un hueso ligero como una pluma.

- Alkai -insistí-, deténgase.

- ¡Incluso olía a ella, señor! -gritó mientras salía de la cápsula- ¡Y sabía a ella!

Emergió al exterior. Furiosa. Idkereda y yo fuimos en su busca pero no llegamos a tiempo.

Alkai se abalanzó contra la medusa avispa más cercana. El animal no retrocedió ni un milímetro pero tampoco pudo contener la embestida de Alkai. Ésta la derribó de forma brutal, cayó sobre ella, la inmovilizó y alzó el cable sobre la umbrela. Con su mano derecha sostenía el trozo de cable como si fuera un martillo y con la izquierda estrangulaba los tentáculos de la medusa justo donde se unían a la subumbrela, en un punto en el que la presión adecuada podía hacer que la medusa perdiera el control sobre ellos. Era el único punto débil conocido. Un punto débil inútil a no ser que llevaras una armadura militar que te protegiera de la nube de veneno que rodea a todas las medusas avispa.

Alkai llevaba un pijama.

Un pijama de fibra natural. Parecida al algodón.

Un pijama terkuma.

Era una prueba más de que aquello que estábamos viviendo no era más que una simulación, una ilusión, una imagen fabricada en una máquina y no la realidad misma.

Porque Alkai seguía viva. En el último momento, cuando parecía que la oficial científico  iba a impulsar con furia el cable contra la umbrela de la medusa, su mano se contuvo, en lo alto. Su sangre hervía por dentro y su rostro estaba rojo de furia pero su mano permaneció inmóvil.

- ¿Qué ocurre? -preguntó Aniolita- ¿Qué ha ocurrido?

Idkereda la miró, luego volvió a mirar a Alkai.

Regresé rápidamente al interior del módulo, reventé de una patada una caja donde se guardaban armas ligeras, cargué con un par y salí de nuevo a fuera. Le lancé una a Idkereda y grité:

- ¡Cúbrame!

Idkereda alzó el arma y retrocedió hasta donde estaba Aniolita, que contemplaba toda la escena sin entender.

- Con el Ínbid -murmuró Idkereda-... y esto era lo que quería decir antes... uno nunca sabe dónde acaba la fantasía y dónde empieza la realidad.

Corrí hacia Alkai en medio de medusas y vispoides.

- ¡Alkai! -gritaba- ¡Obedezca mis órdenes! ¡Alkai!

Alkai cortó el aire con el cable.

Descendió igual que una guillotina, imparable, tajante, contundente como el martillo de un herrero sobre el yunque.

Pero golpeó el suelo.

En el último momento, Alkai se reprimió. No mató a la medusa.

La tenaza de su mano alrededor de los tentáculos se relajó. Justo en ese momento ocurrieron dos cosas: la primera fue que la rodeé por el torso con mi brazo izquierdo y la alcé de un tirón seco e inflexible, y mientras lo hacía encañoné con mi fusil a la medusa. La segunda fue que la medusa se puso en pie de un salto; en una fracción de segundo ya estaba dispuesta a atacarnos, y a juzgar por los colores que brillaban en su mesoglea estaba suficientemente enfadada como para hacerlo en cualquier momento.

Sostuve el cañón del arma apuntando a la umbrela de la bestia mientras nos alejábamos de ella.

- Lo siento, señor -decía Alkai-, era tan real.

- Cállese y camine -respondí-, ¿se encuentra mejor? Esa medusa está muy nerviosa, no la pierda de vista, ¿se encuentra mejor? Voy a soltarla, le ordeno que no se aleje de mí, ¿lo entiende? Sígame. Es una orden, no se aleje de mí, retrocedemos hasta Cerebro, ¿lo entiende?

- Lo entiendo, señor.

Poco a poco dejé de presionar su torso con mi brazo izquierdo y pude servirme de él para mantener más firme el fusil. Alkai siguió pegada a mí. No dejó el cable, pero siguió pegada a mí. Lo entendí. Al fin y al cabo, el cable era su única arma.

Retrocedimos lentamente hasta Cerebro, que había avanzado hasta donde se hallaban Idkereda y Aniolita y los protegía de nuevo con los tentáculos de la medusa portadora, y con un puñado de vispoides de su colmena.

- ¿Se encuentra bien? -levanté los párpados de Alkai y observé su pupila-, ¿ha tenido alucinaciones mientras atacaba a la medusa? ¿Está bien?

- Estoy bien, señor -me respondió-, no he tenido alucinaciones, las esferas de mercurio no me han atacado... simplemente he decidido no matar a la maldita medusa.

Conseguimos llegar hasta el módulo sin ser atacados por el Ínbid y sin tropezarnos. Me puse al lado de Idkereda, hombro contra hombro, de nuevo. A nuestra espalda teníamos a Cerebro, en el interior de la medusa portadora. Ni Idkereda ni yo habíamos bajado el arma. Seguíamos apuntando hacia la simbiosis Ínbid. La medusa avispa a la que Alkai había atacado estaba ahora demasiado cerca para mi gusto. Había seguido nuestros pasos y en aquel momento nos observaba con demasiada atención como para pensar en otra cosa que no fuera matarla o salir pitando de ahí.

- ¡Sácanos de aquí, Coleccionista! -grité- ¡Ya hemos entendido el mensaje!

- Ah, ¿sí? -preguntó Idkereda-, ¿lo hemos entendido, señor?

- Joder -mascullé-, cállese, Idkereda.

El Ínbid estaba cada vez más cerca, el círculo se constreñía a nuestro alrededor.

- ¡Ya! -grité temblando y empapado en sudor frío- ¡Ya es suficiente!

El retorno fue brutal.

Hay un instante horrible en el que te quedas ciego e insensible, suspendido en medio de la nada, rodeado de imágenes de pesadilla generadas por tu propio cerebro al encontrarse súbitamente sin datos que gestionar. Luchas por recuperar un discurso coherente del mundo y entonces se produce la reconexión del cerebro con las señales eléctricas procedentes de los nervios periféricos. Es como zambullirse de pies a cabeza en una piscina de agua helada. De repente.

Se te corta la respiración y se te encoge el corazón sin que puedas hacer nada para evitarlo.

Te duele todo el cuerpo y no puedes escapar de él. Más que nunca, es tu cárcel, tu prisión.

Intentas al menos recuperar la respiración, mantener el equilibrio, pero los músculos no te responden y te derrumbas.

Concentras toda tu fuerza de voluntad en tu cuerpo igual que una lupa concentra la luz del Sol en un punto, pero es inútil, durante unos segundos eternos no eres más que un fardo incapaz de sostenerse a sí mismo.

A mi me sostiene Palabra. El terkuma evita que mi cabeza golpee libremente contra alguno de los aparejos de la barca. Confundido, desorientado, veo cómo otros terkumas ayudan a Alkai, Idkereda y Aniolita. Cerebro no puede evitar derrumbarse, igual que nosotros, pero en su caso no le sostiene nadie y la medusa portadora simplemente se sumerge en el agua. Al cabo de pocos segundos, cuando a nosotros aún nos falta bastante para recuperarnos, emerge del agua, emite unos chirridos que parecen destinados a su séquito de narradores y guerreros y vuelve a sumergirse, pero esta vez de una forma controlada, como resultado de un acto volitivo que tiene como objetivo la hidratación del epitelio de su umbrela. ¿Puede ser que conozca mejor que nunca a las medusas desde que me conecté con el cerebro vispoide?

El punto débil de las medusas avispa... ¿nos lo enseñan en la instrucción militar? ¿Cuándo? No lo recuerdo.

Estoy un poco confuso.

Al cabo de un buen rato somos capaces de sentarnos y sostenernos sin ayuda, nos cubren con mantas e iniciamos el retorno al árbol-torre.

Está anocheciendo.

Han pasado muchas horas.

En aquel momento hubiera jurado no haber pasado más de una hora en la nave Coleccionista, pero la realidad era otra. El sol había recorrido todo el arco celeste y lamía ya el horizonte de poniente. Las sombras volvían a ser densas en el manglar. Como había ocurrido el día anterior, por muy fuerte que fuera mi impresión, la realidad era que habíamos pasado muchas horas conectados a la mente Coleccionista.

La realidad...

- Palabra -dijo Aniolita cuando aún estábamos aturdidos-, me atacó una medusa... ¿Por qué, Palabra? Una medusa. ¿Por qué?

Palabra permanecía a mi lado. Me sujetaba con sus tentáculos-brazo y observaba mis pupilas. Al oír a la mujer, la miró por encima de mi hombro, inspiró profundamente y luego expulsó el aire con fuerza. Palabra suspiró. Ese gesto sí era reconocible, a pesar de nuestras fisonomías tan distintas. ¿Significaría lo mismo para un terkuma que para un humano? Cuando Palabra respondió a la que había sido su pupila durante años, me pareció percibir tristeza y cansancio en su voz.

- Hay una guerra, Aniolita -respondió el terkuma-, aquí no, en las estrellas. Ya lo sabes.

Al decir en las estrellas alzó uno de sus tentáculos-brazo hacia el cielo, donde ya brillaban algunos puntos luminosos, y apuntó con el dedo que hacía el papel de índice hacia aquellos lejanos puntos luminosos. Apuntó durante unos segundos y luego bajó su brazo y se quedó mirando a Aniolita. Quizá esperaba una respuesta por su parte, pero la mujer se sumió en sus pensamientos y permaneció en silencio.

- Tratamos de que la guerra no llegue a este mundo, Aniolita -concluyó Palabra.

Las barcas empezaban a deslizarse suavemente por el agua, y nuestros ojos se adaptaban a marchas forzadas a la penumbra del manglar. En medio del silencio de Aniolita, y el de todos, Palabra se apartó de mí para plantarse ante los humanos y anunciar:

- He de decirles algo importante.

La realidad.

- Brumantra ha muerto.

La realidad es importante.

- Lo sabemos -respondí.

Palabra me miró fijamente y onduló todos sus cilios bucales al unísono. Los humanos no tenemos cilios bucales, ni tentáculos, ni pulmones situados en el cráneo, pero sí tenemos ojos, una sangre roja y una necesidad de comunicación semejante a la de los terkuma. Ya había visto este gesto varias veces y estaba casi seguro de que significaba desconcierto. Como si un ser humano parpadeara y sacudiera la cabeza al recibir una noticia inesperada.

Yo iba sentado en el banco más cercano a proa, en el banco de detrás se sentaban Idkereda, Alkai y Aniolita; Idkereda entre las dos mujeres. Palabra estaba de pie ante todos nosotros. A popa, un puñado de terkumas se limitaban a observar y a manejar la barca. El mecanismo de impulsión apenas provocaba una suave vibración en la madera y en el aire. La góndola dividía las aguas y avanzaba hacia su destino como si un imán tirara de ella.

Los ojos de Alkai apuntaban hacia la proa, pero su mirada estaba perdida en el infinito. El día anterior sus ansias por llegar y ver a Brumantra le habían impulsado a situarse en el extremo más prominente de la proa, a dividir el aire con su rostro arrasado antes de que la misma tajamar de la embarcación hiciera lo propio con el agua, casi como si hubiera decidido convertirse en el mascarón de proa. Pero hoy permanecía sentada en silencio, con la mirada perdida en sus recuerdos, más vulnerable que nunca, con una manta prestada sobre los hombros como única protección contra el frío y la humedad.

- ¿Cómo lo saben? -preguntó Palabra.

- Apareció mientras estábamos en la nave Coleccionista -respondí-. La vimos morir. El Coleccionista de medusas envió su consciencia al mismo entorno virtual que había generado para nosotros.

Palabra se quedó en silencio. Miré hacia el agua y vi a la medusa portadora bucear a pocos metros de nuestra barca. Se deslizaba en paralelo a nuestra trayectoria.

Aniolita temblaba al lado de Idkereda.

- Yo no la vi -dijo la mujer-, sólo vi un montón de medusas y vispoides que querían matarnos.

- Apareció dentro de la cápsula -expliqué-, mientras usted esperaba fuera junto a Cerebro. Por eso Alkai salió furiosa. Porque Brumantra apareció y la tuvo entre sus brazos... y luego... luego se desvaneció sin que ella pudiera hacer nada. 

- Un momento -interrumpió Idkereda- ¿Y cómo sabemos que no era un programa de ordenador?

Observé a Alkai. Permanecía en silencio. Un pesado manto de recuerdos la aislaba de todo lo que ocurría a su alrededor.

- Por la apuesta -dije.

- La apuesta no tiene importancia -me replicó Idkereda-, el Coleccionista pudo leer la mente de Brumantra y generar una réplica artificial de su consciencia que incluyera ese dato. Luego, si la réplica estaba bien programada, automáticamente podría generar la broma con la que se despidió.

Me encogí de hombros.

- Puede que sí -admití-, no sé si la tecnología coleccionista podría codificar con suficiente eficacia una consciencia humana en un programa de ordenador...

- Y si pudiera hacerlo -intervino Aniolita-... ¿por qué tendría que simular su muerte? ¿Por qué no decirnos que ha podido salvar la consciencia de esa mujer y que ella y Alkai podrán reunirse siempre que quieran, aunque sea en un entorno virtual, aunque sea en una nave Coleccionista?

- Precisamente por eso -respondió Idkereda: porque es Coleccionista. No son como nosotros, Aniolita.

- El que no sean como nosotros no significa que tengan que ser crueles -insistió vehementemente Aniolita- ¿Nadie se da cuenta de lo cruel que es todo esto para ella, para Alkai? Habláis como si contemplarais un paisaje. Como si todo esto estuviera lejos. Como si las cosas no pesaran, como si no os llegaran a tocar. Ella ha perdido dos veces a Brumantra. ¡Dos veces! 

- No necesariamente -dijo Idkereda-, de hecho, si el Coleccionista ha copiado la consciencia de Brumantra entonces Brumantra sigue viva, sólo tenemos que conectarnos al ordenador de la nave coleccionista para comunicarnos con ella...

- ¡Callaos ya de una vez! -exclamó Alkai sin perder la mirada en el infinito-. Esa tecnología no está al alcance ni de coleccionistas ni de humanos, y tú lo sabes, Idkereda, tú eres biólogo computacional. No hay nada que permita codificar una consciencia humana en un programa de ordenador, lo único que tenemos son sistemas expertos que la imitan, nada más. Tanto los coleccionistas como nosotros.

Permanecimos en silencio durante unos segundos.

Al final, Idkereda se atrevió a preguntar lo que estábamos pensando tanto él como yo:

- ¿Cómo puedes estar tan segura?

- Idkereda, joder, no estoy segura -fue la respuesta tajante de Alkai-, pero... ¿y qué? ¿Tú crees que yo me voy a fiar de la copia que un Coleccionista de Medusas pudiera hacer de la consciencia de Brumantra? ¿Tú te fiarías? ¿Se fiaría usted, señor?

Nos quedamos todos en silencio.

Alkai nos miró expectante, a ver si nos atrevíamos a contestar. Yo volví a mirar hacia el agua. Al final fue ella quien habló otra vez, dejando que su mirada se perdiera de nuevo en el infinito.

- No habéis entendido nada -dijo-. Estabais allí pero no habéis entendido nada, ¿verdad? No fue cruel, hizo lo que había que hacer: utilizó el vínculo emocional que me une a Brumantra para grabar profundamente unos datos en mi cerebro. Me los transmitió durante el beso.

Me giré, estupefacto, y la miré de arriba abajo. Todos la miramos asombrados.

Su mirada regresó del infinito y se posó en Idkereda, y luego en mí.

- Señor -dijo mirándome fijamente-, el Coleccionista me ha pasado los códigos de desactivación del virus Ínbid.

Ante tal revelación, Idkereda preguntó:

- ¿Eso era el mensaje?

- No -respondí yo-, los códigos de desactivación son sólo una herramienta.

- Entonces, señor, ¿cuál es el mensaje? ¿Cuál es la información por la que hemos sudado tanto?

- ¿No se la imagina, Idkereda?

- Hemos visto al Ínbid dividido -respondió el biólogo-, hemos visto vispoides protegiéndonos de medusas, incluso un vispoide ha matado una medusa en nuestra presencia, y hemos estado en una nave coleccionista, al menos nuestras mentes, y hemos regresado vivos. Me lo puedo imaginar, señor. En mi opinión es algo tan sencillo como que el Ínbid está dividido entre los que quieren aniquilarnos sin contemplaciones y los que quieren firmar un acuerdo de paz.

- Sí -confirmé yo-, y nosotros seremos la prueba de su buena voluntad. La facción que quiere firmar un acuerdo de paz desea que enviemos un mensaje a la Armada, a nuestra constelación, para que vengan a recogernos, como muestra de buena voluntad, y nos ayudarán y nos conducirán hasta el módulo estrellado. Si es necesario nos protegerán de la facción que quiere aniquilarnos. No se trata sólo de que Alema se mantenga neutral, es mucho más que eso: hay una parte del Ínbid que quiere la paz con los humanos. ¿No es cierto, Palabra?

- Así es -confirmó Palabra.

- Sólo una pregunta, Palabra -dije-, ¿no es esto lo que usted intenta decirnos desde que llegamos?

- ¡No! -gritó el terkuma.

Era la primera vez que oía gritar a Palabra.

- Decirles no -continuó, en un tono de voz creciente-. Decir no sirve para nada, decir es lo que hacen ustedes con su lenguaje. ¡Convencerles! ¡Intento convencerles! Eso es lo que intento. ¡Intento que comprendan! ¡Y de momento he tenido tanto éxito que llevamos cinco muertos! ¡Cinco vidas perdidas! Cuatro terkumas y una mujer humana. Todos muertos, uno de ellos un niño: Nevando cerezas, ustedes le conocían. Vino conmigo a recibirles con toda su buena voluntad, a darles la bienvenida a este planeta.

Nadie más habló.


(Fin del capítulo 36. Siguiente capítulo)

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