Capítulo 35. VOLUNTAD.
Donde antes había desprecio y soledad, hubo compasión, donde antes miedo, hubo confianza, y donde antes rabia, hubo amor.
- El mismo amor que sentía antes -confesó Alkai-, pero sin que la desesperación o la rabia me ofuscaran, y entonces el amor, mi amor por Brumantra, brillaba más puro, más nítido y poderoso que nunca.
La mejilla sana de Alkai, al decir estas palabras, estaba tan roja como si la hubieran abofeteado sin piedad. Además, miraba fijamente al suelo mientras hablaba. Estaba haciendo un esfuerzo evidente. Ninguno de nosotros estaba acostumbrado a hablar de sentimientos y emociones, y Alkai menos que nadie. Y sin embargo, ahí estábamos: incrustados en una situación que nos obligaba a enfrentarnos cara a cara con nuestro mundo emocional y no sólo eso, además teníamos que exponerlo y explicarlo ante el resto de la escuadra. Incluso ante desconocidos. Todo en un desesperado intento por descifrar un mensaje proveniente de una consciencia extraterrestre tan ajena a nosotros como eran nuestras relaciones sociales a las amebas.
Quizá no era un mensaje. Quizá era una prueba. Una prueba en la que teníamos que demostrar, a cambio de nuestra vida, que no éramos amebas, que nuestra vida era digna de ser salvada y respetada.
- Sentí paz -continuó Alkai-, no lo entiendo, señor, la tenía ante mí tal y como la tuve cuando estábamos en la nave coleccionista y tal como la he tenido esta tarde... pero sentí paz. Ahora lo recuerdo y no lo entiendo, pero lo cierto es que hace unos segundos la tenía ante mí y la veía tan débil como antes... sin embargo... debía de haber algo más, alguna cosa que no comprendo, que mi mente ahora no alcanza a vislumbrar, porque ahora pienso en Brumantra y ya no siento paz pero sí recuerdo la paz que he sentido. Y creo que era algo bueno, señor, me gustaría volver a conectarme con el cerebro vispoide y volver a ver a Brumantra tal y como la he visto hace unos minutos.
Nuestras experiencias habían sido semejantes. Todos habíamos regresado a las situaciones que habíamos vivido en la nave coleccionista y todos habíamos cambiado nuestras emociones al revivirlas. Idkereda había vuelto a ver a sus padres en el apogeo de su discusión pero esta vez no había sentido soledad sino compasión por ellos; el apogeo de su discusión era también el apogeo de su dolor y él se había olvidado de sí mismo y había visto a sus padres como dos víctimas de sus propias sombras, incapaces de sobrevivir a su propia torpeza, dos fluctuaciones en el continuo espaciotemporal del Cosmos con capacidad para sufrir su singularidad pero incapaces de ver el tejido esencial del que surgían, y al cual regresarían tarde o temprano; dos desheredados que se quedaban sólo con su sufrimiento y palpitaban de frío creyendo estar en medio de la nada cuando no eran más que dos niños hambrientos en medio de una pastelería llena de dulces. Había sentido piedad por ellos. Soledad y desesperanza no eran términos adecuados para describir el mundo tal y como lo veía conectado a la mente del cerebro vispoide: desde el vientre de su madre, en el estado más inocente e indefenso que se pudiera concebir para un ser, sentía una fe ciega en sí mismo, y el único horizonte que aceptaba era el que quedaba más allá de las ciénagas en las que parecían haberse hundido sus padres. Idkereda había emergido de aquella visión temblando, cegado al igual que yo por su propio conocimiento, por la profundidad de su propio ser. Lo mismo que nos había pasado a todos. Aniolita había vuelto a ver cómo la Humanidad entera la rodeaba y la encerraba en medio de un corro diminuto, un corro de murallas humanas, grises, con ojos que la miraban y emitían juicios imprevisibles. A pesar de ellos, esta vez no había tenido miedo: miraba a los humanos cara a cara, los veía como lo que eran: un manojo en ebullición de deseos, miedos y esperanzas, una cadena de causas y efectos, de ansias y frustraciones, lobos astutos e implacables a veces, corderos en busca de rebaño otras veces, sencillos y complejos pero, sobre todo: diáfanos ante su mirada de mente vispoide, transparentes como una gota de agua cristalina, como un mecanismo bien comprendido o como una ley física bien asumida: incapaces de provocar miedo. Ya lo dijo Marie Curie: en la vida no hay nada que temer, sólo cosas que comprender. Ante la Humanidad transparente, el miedo desaparece, Aniolita comprende las conexiones, las tensiones de la red, la rueda que gira, las galeras que avanzan gracias a las brazadas de todos, los latigazos, incluso para los reyes, y es incapaz de sentir temor alguno, como sería incapaz de sentir temor alguno ante una tormenta o un engranaje, o ante un río que se une a otro río, un afluente que engrosara el caudal principal de un río mayor y juntos fueran a parar al mar donde el ciclo se reinicia sin esfuerzo, sin dolor, en una palabra: sin temor. En paz. La misma paz de aquel que retorna al hogar.
En su hogar vio Alkai a Brumantra: en el vientre artificial del laboratorio donde la habían creado. Un conglomerado de materia y energía tan frágil e improbable que era imposible que existiera, pero ahí estaba: en absoluto silencio, aguardando el momento en el que sus pulmones estuvieran maduros, sus ojos soportaran la luz, su cerebro la información y sus intestinos las bacterias. Aguardando el momento propicio para abrir los ojos y decir: existo. ¿Y por qué existo? Los científicos que la crearon no tenían respuesta ni para su propia existencia, menos para la de una de sus criaturas. Incluso Nevando cerezas tenía padre y madre. Pero no Brumantra, más era irrelevante. La vida dolía y la habían traído a ese dolor con las manos vacías. Todos los seres humanos somos iguales. De niña pensaba que los niños que tenían padres sabían por qué estaban en el mundo: sólo tenían que preguntárselo a sus padres. Luego conoció a Alkai y esas preguntas fueron irrelevantes: el presente se sostenía a sí mismo, el amor es eterno mientras dura, la necesidad mutua patológica es muy poderosa, anula las preguntas fundacionales del ser humano, tan poderosa como las emociones en las que se sustenta: emociones universales, literalmente universales, como demostraba Nevando cerezas al llamar a su padre y demostraba Trae consigo al llorar la muerte de su hijo. Emociones imprescindibles para soportar el desierto en el que gime el alma humana, el alma terkuma también, supongo, cualquier ser vivo consciente de su finitud, de su ridiculez, de su nada frente a la nada. Alkai así se presentó ante el cerebro vispoide: con una mochila cargada de emociones igual a diez veces su propio peso y su corazón en el filo de una cuchilla. En una situación normal, las cintas con las que ataba la mochila a su cuerpo hubieran cortado la circulación sanguínea y su cerebro habría sido incapaz de percibir con lucidez el mundo y sus relaciones, y menos aún a Brumantra y sus propias emociones hacia ella. Pero estar perdidos en el espacio no es una situación normal: el cerebro vispoide dispersó la mochila como una suave brisa de primavera dispersa los granos de polen: sin ningún esfuerzo. Las emociones humanas no significaban nada para él. Alkai contempló a Brumantra como nunca la había contemplado: sin que sus ojos ni sus deseos limitaran su visión a un cuerpo encerrado en una cápsula de criostasis. Alkai conoció a Brumantra como nunca la había conocido y, probablemente, como nunca volvería a conocerla: no cuerpo, no substancia limitada, definida y definitiva sino como milagro, como hecho tan improbable e irrepetible que despertaba el vértigo, el terror y la adoración. Brumantra encerrada en la cápsula de criostasis no era el cuerpo de Brumantra herido y atrapado en criostasis: Brumantra era libre, tan libre como lo había sido siempre, seguía formando parte de una red que abarcaba el Universo entero y que en aquel lugar y en aquel momento concreto había tomado la forma a la que llamábamos Brumantra para volver a disgregarse y nunca más regresar de la misma forma a la consciencia. Brumantra existía ahí y ahora, tan conectada con el punto más remoto del Universo como lo estaba con la cápsula de criostasis. Rebosaba más allá de los límites de la tecnología terkuma y se derramaba por todo el Universo. Y así la contempló Alkai, en todo su esplendor, más allá de aquellos límites ridículos que la definían encerrada en su maltrecho cuerpo, encerrada en una cápsula: conectada al principio de los tiempos, emergida del mismo océano que ahora pujaba por llevársela. Alkai vio de dónde venía Brumantra y vio también a dónde iba: a la nada, a la desaparición, como todos, como todo. Lo que el caos te da, el caos te lo quita. Alkai vio su corazón aferrado a lo que intrínsecamente es frágil y condenado a desaparecer. Su corazón era igual a una mano aferrada a una piedra de esmeril en pleno funcionamiento: si intentas parar la rueda, acaba desintegrándote. El amor no se aferra. El amor es desapego. El amor da. Nunca hubo dos olas iguales en el océano. Y está bien que así sea. Millones de fotos del océano. Alkai lo sabe bien: hizo ella las fotos, y nunca era igual. Nunca hubo dos olas iguales ni dos colores idénticos. Y así ha de ser. No puedes parar la rueda. El amor es eterno mientras dura. No aferrarse a ese cuerpo concreto y miserable condenado al polvo es la única forma de sobrevivir al dolor, de ganar la eternidad en el presente, de demostrar que no somos amebas, de conquistar un ápice de dignidad y ganar nuestra propia vida. La vida y la muerte son dos caras de una misma moneda. Lo que hoy el océano te da, mañana el océano te lo quitará. Todo lo demás es ilusión y egoísmo.
Alkai acabó extenuada. Yo también. Todos. Incluso Aniolita. Al borde de la euforia y el éxtasis, y también del llanto y el grito. Todo a la vez.
No sé cómo estaba el cerebro vispoide; sospecho que tampoco estaba precisamente fresco y relajado. Los párpados me pesaban y mi cuerpo apenas me respondía pero mi mente se negaba a rendirse al cansancio. Deseaba de una forma salvaje tumbarme en la cama y dejarme arrastrar al sueño pero por encima de mis sospechas y mi agotamiento brillaba la única verdad que contaba: seguíamos sin saber qué nos quería decir el Coleccionista.
Estaba furioso.
Me levanté y miré a mi alrededor. Alkai e Idkereda estaban tumbados en las camas, abrazados el uno al otro, como niños. Aniolita también estaba tumbada, acurrucada a su lado. Palabra me miraba en silencio. Aguardaba algo de mí. La medusa portadora seguía dentro de la habitación.
¡Mis soldados se habían echado a dormir con una medusa portadora al lado!
Nos estábamos relajando demasiado.
Más salvaje que mi sueño era mi ansia de victoria.
- ¡¡ Levantaos !! -chillé furioso- ¡¡Levantaos!!
Se movieron ligeramente. Apenas abrieron los ojos.
Gruñí, desesperado, yo mismo casi vencido por el sueño.
Me fui tambaleando hasta el cuarto de baño y me sumergí en el agua helada de la bañera.
Me desperté de golpe y grité. Grité tanto que acudieron todos, incluso Palabra. El único que no se movió mucho fue el cerebro vispoide.
- No grite -me pidió Palabra-, la comunidad duerme.
- ¿Qué ocurre? -preguntó Idkereda aún medio atontado por el sueño-, ¿qué pasa?
- ¿Está bien, señor? -dijo Alkai mientras me ayudaba a salir de la bañera.
- ¡Tenemos trabajo! -grité- ¡Maldita sea, esto no se ha acabado!
Salí empapado al dormitorio. Los terkumas que vigilaban la puerta habían entrado alarmados por mis gritos. Palabra les tranquilizó y se retiraron.
- ¡Luz! -exclamé.
Las lámparas-luciérnaga me entendieron y brillaron más fuerte. La habitación quedó inundada de luz.
Me agarré al columpio-silla de Palabra. Todos me miraban.
La experiencia había sido tan profunda y turbadora como la que habíamos tenido en la nave coleccionista, y más aún: había sido una auténtica catarsis, pero la verdad es que seguíamos sin entender el mensaje que querían transmitirnos. Intenté concentrarme en este hecho.
- Tengo una idea -dije-. Volveremos a la nave Coleccionista. ¿Será posible, Palabra? ¿Sigue en órbita alrededor de este planeta? ¿Podríamos volver mañana mismo?
Idkereda y Alkai se habían quedado pálidos. Aniolita no estaba pálida pero su rostro había conservado suficiente expresividad humana como para que cualquiera que lo viera comprendiera que no le gustaba la idea.
- Sí -dijo Palabra-, pero...
- ¡No se preocupe! -le interrumpí-. Creo que hay una voluntad inequívoca de comunicarse con nosotros, pero seguimos sin entender el mensaje. Ese es el problema. ¡No entendemos el mensaje! ¡Pero no se preocupe! Tengo una idea. Es una locura pero es lo único que se me ocurre. No volveremos con las manos vacías. Volveremos con música. Supongo que en alguna base de datos guardan música humana, ¿no? Un cuarteto de cuerda sería ideal.
(Fin del capítulo 35. Siguiente capítulo)
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