Capítulo 34. REDES.

  Al final, le concedimos permiso para entrar en la habitación donde nos hallábamos. La medusa portadora recogió sus tentáculos, reptó por las ramas, llegó a la ventana y accedió sin problemas a la estancia. Todos los humanos que ahí estábamos, menos Aniolita, contuvimos el aliento. Poco a poco, discretamente, fuimos cambiando nuestra posición hasta sentarnos al lado de Palabra, lo más lejos posible de la medusa portadora, que ocupaba un buen volumen de la habitación. Sólo Aniolita permaneció sentada a los pies de la cama, casi en contacto con la umbrela de la medusa.

El cerebro vispoide no utilizó nuestro idioma para comunicarse con nosotros.

Utilizó una almohada.

En realidad no era una almohada. Según nos explicó Palabra, era un sistema portátil de creación de entornos virtuales conectado con la medusa portadora. Al tacto parecía una vulgar almohada con funda de algodón y relleno de algún tipo de material sintético.

Pero el tacto es engañoso, sobre todo en lo que a nanotecnología se refiere, y los terkumas en ese terreno no tenían nada que envidiar a los humanos. Las fibras de la almohada, aparentemente de algodón inocuo e inocente, podían ocultar máquinas de una complejidad superior al ADN de los seres vivos.

Fui el primero en probarla.

Palabra nos había explicado que la alternativa a la almohada era entrar en contacto directo con la medusa. Aniolita dijo que le daba igual. El resto preferimos la almohada. Aun así, fui el primero en probarla.

- Su lenguaje inútil para decir vivido en nave coleccionista -había dicho el cerebro vispoide. Entendimos que aunque nos sentáramos durante horas a escucharle no conseguiríamos recibir el mensaje que tenía que transmitirnos.

La única forma era intentar comunicarnos mediante un pulso electromagnético emitido directamente por Cerebro y transmitido a través de la mesoglea de la medusa, y confiar que el sistema experto de la almohada supiera generar una imagen que mi cerebro interpretara correctamente.

Palabra nos dio más detalles. A pesar de ello, no quisimos probarlo todos a la vez. Dudo de que hubiera sido posible. Estoy convencido de que incluso un cerebro vispoide tiene sus limitaciones. Si corríamos el riesgo de quedarnos catatónicos, quería ser yo el primero.

Así que lo fui.

Me tumbé y apoyé la cabeza en la almohada.

Era cómoda. Alkai e Idkereda me observaban con el ceño fruncido. Parecían cirujanos a punto de operarme a corazón abierto.

De repente, mi cuerpo pesaba mucho. Tanto, que me sentía incapaz de moverlo.

Todo yo era un bloque de granito pegado al suelo. Pero mi mente seguía siendo ligera, permanecía despierta y volaba libre de una imagen a otra como un colibrí de flor en flor.

Estaba tan relajado que perdí contacto con mi cuerpo y aparecí en otro sitio.

Me vi inmerso en una imagen.

Era algo más que una imagen. Era un jardín.

Estaba de nuevo en el jardín de los Danaán, rodeado de fanáticos otra vez, a mi lado estaba Crespo Crámer. Nos dirigíamos de nuevo hacia la puerta abierta de la residencia de los Danaán. El jardín era el mismo, la misma casa, la misma gente, el mismo abogado, el mismo objetivo irrenunciable. Pero había algo diferente... mi percepción era diferente: la gente, las plantas, las cosas en general no eran masas de materia con bordes definidos, con fronteras concretas, sino que eran más bien flujos de información, manojos de hilos difusos inmersos en una jerarquía fractal e interaccionando continuamente con otros hilos en un incesante intercambio de materia y energía que difuminaba los límites de todo aquello que antes me había parecido perfectamente encerrado en sí mismo y autocontenido. Las cosas ya no eran cosas, ya no eran objetos, no eran jarrones ni cajas, no eran recipientes definidos por sus fronteras, ya no eran evidentes sus límites ni su definición y, sobre todo, ya no estaban quietas, aunque permanecieran inmóviles en un sitio: avanzaban por el tiempo; la innumerable colección de interacciones a través de las cuales se definía un hombre, o un árbol o una casa o un coche o una brizna de hierba o un insecto, emergía continuamente del pasado para zambullirse constantemente en el futuro y no estaba claro ni dónde acababa un pétalo ni dónde empezaba un animal que lo mirara, sino que todas las cosas formaban infinidad de hebras difusas que se entrelazaban las unas con las otras en una danza vibrante, impetuosa e imparable en la que si no hubiera existido todo lo demás no hubiera tenido sentido hablar de una parte aislada.

Me di cuenta de que no era una alucinación. Lo que ocurría es que mis sentidos se habían extendido e intensificado hasta poder explorar profundidades de la realidad que estaban más allá de mi percepción humana. Era capaz de ver las células que formaban mi cuerpo y el de todos los seres vivos que me rodeaban, así como todos los intercambios de materia e información entre ellas y el entorno, y cómo las neuronas del cerebro de todos aquellos seres humanos que estaban a mi alrededor hilvanaban prendas con las que vestir al rey a partir de retazos parciales y sesgados de la realidad, y obtenían, así, imágenes limitadas y deficientes del jardín que los envolvía; y también mis propias neuronas, también a ellas podía verlas, trabajando afanosamente para dar coherencia al torrente de datos con que mi percepción humana las bombardeaba, incluso podía ver las moléculas de dióxido de carbono ser expulsadas de los cuerpos vivos como culminación de una larga cadena de reacciones químicas; podía ver, de hecho, cómo la energía entraba en el cuerpo de las plantas y era transformada en hidratos de carbono y aminoácidos y cómo afluían todos los materiales necesarios, minerales, luz y agua, y también cómo al final de una larga cadena, de una intrincadísima cadena llena de vericuetos y ramificaciones, las moléculas de oxígeno fluían hacia el aire y los cambios que esto implicaba en la información, en la entropía del medioambiente, incluso estos cambios podía ver: para mí era evidente la red de relaciones entre todos los animales y plantas y objetos que me rodeaban, podía ver cómo se tensaban unas relaciones y se relajaban otras. Podía verlo todo. Yo mismo estaba incrustado en esa red, era la red de la que había hablado Lorenz siglos atrás: la red que conectaba el aleteo de una mariposa con una tormenta tropical en la otra punta del mundo. Cada ser humano era un nodo de aquella red y, a la vez, una red tan compleja como la red mayor con la que estaba interaccionando. Y cada planta e incluso cada objeto, con su estructura cristalina o amorfa, que para mí era evidente, constituía un nodo y a la vez una red que interaccionaba con la red mayor que era el entorno en el que estaba incrustado. Era tal la cantidad de información que creí que me iba a morir: me sentí igual que me hubiera sentido sumergido en el agua de repente, sin previo aviso: me faltaba el aire, me dolía la cabeza, me asfixiaba, los ojos me iban a estallar, mi cerebro ardía, se aceleraba al borde de la locura incapaz de discriminar entre datos importantes e irrelevantes, sumergido como estaba en aquel tsunami de datos y relaciones.

El sonido, los colores, los olores, no eran como antes: eran más profundos, más extensos, más ricos, complejos y multidimensionales, auténticos océanos de información inacabable. Percibía campos eléctricos y magnéticos a los que mis ojos humanos no habrían sido sensibles jamás, los percibía con mi piel, con mi lengua, con mi nariz, con todo mi cuerpo, y fuerzas moleculares y atómicas también, órdenes y estructuras que antes ni podía concebir. Veía lo que iba a ocurrir antes de que ocurriera: mi cerebro parecía ser capaz de resolver la ecuación del movimiento de aquel trozo del Universo, pero sin necesidad de ecuación alguna: a mi cerebro le bastaba simplemente con echar un vistazo para entenderlo todo. Supe que los padres de Aod se acercaban antes de verles salir por la puerta. El sonido, las moléculas suspendidas en el aire y que los humanos llamamos simplemente olor, los campos electromagnéticos y multitud de percepciones más me informaron de ello. Y cuando les vi aparecer por la puerta no eran primates con dos piernas o dos brazos: eran diábolos, cada uno de ellos dos conos unidos por la punta, dos icebergs dobles, una inmensa masa de hielo sumergida en el pasado y otra inmensa masa de hielo oculta en el futuro. Pero no era hielo: era carne, información, energía, materia, entropía, intercambio, interacción, influencia, absorción, gradiente, flujo, divergencia, rotación, repulsión, vibración, atracción, entrelazamiento, causa y efecto todo a la vez, de golpe, sin piedad. Y en medio de todo aquello: la consciencia humana, diminuta, insignificante como un grano de arroz, como un náufrago perdido en el océano en medio de la noche, igual que una semilla de sésamo, incapaz de comprender el árbol que lleva dentro, incapaz de intuir siquiera toda su potencia, toda su historia y todo lo que quizás pudiera ser su futuro. Creyéndose libres pero llevadas y traídas por fuerzas más allá de su comprensión, avanzaban dos semillas de sésamo por el jardín hacia mí, dos náufragos que no conocían su situación, su precario equilibrio entre irrefrenables ímpetus planetarios, su caminar por el filo de la navaja, el inabarcable océano al que tenían que sobrevivir, la inmensidad infinita que les manejaba sin concederles siquiera la oportunidad de abrir los ojos y conocerla.

Vi a Aod, también. Era un huevo de luz en medio de las sombras de la casa. Vi su enfermedad, la comprendí de una forma tangible, la palpé, lamí la luz que irradiaba el aura del niño y su enfermedad se me hizo presente con tanta intensidad como el sabor ácido de un limón exprimido con fruición en mi boca. Quizá hubiera podido curarle. No lo sé. No lo sabré jamás. Aquella no era mi percepción. Era la del cerebro vispoide. Quizá él sí hubiera sabido curarle. Aunque tampoco estoy seguro porque aquel mundo tampoco era exactamente el que habría visto Cerebro: el vispoide me había prestado su percepción pero la mente era mi mente humana, con toda la carga de ideas, conceptos y valores humanos.

Tampoco sé dónde estaba el límite en aquella percepción aumentada de la realidad. Si me concentraba podía ver las células como nodos de la red, y si me concentraba aún más podía percibirlas a su vez como redes intrincadísimas ellas mismas, pero más allá quizá no pudiera llegar; porque me concentré por curiosidad pero el dolor de mi cabeza crecía hasta límites insoportables y me hizo desistir; intentar ver más allá era como pegarse al altavoz en una discoteca en el momento más potente de la música: insoportable, ensordecedor y cegador a la vez. Así que no forcé mi visión y tampoco tuve tiempo para hacer más experimentos porque llegaron los padres diábolos, las semillas de sésamo, las consciencias ciegas y se dirigieron a nosotros, exactamente con las mismas palabras que yo recordaba, sólo que esas palabras ya no salían de cosas concretas de carne y hueso, sino que emergían de flujos de energía, materia e información, de icebergs que navegaban entre el pasado y el futuro igual que un funambulista avanza por un cable tendido en medio del vacío, semillas diminutas perdidas en una oscuridad que las devoraba.

Digo ver. Pero mejor sería decir conocer.

Sí: conocer.

Podía saber cómo las células del cuerpo humano fabricaban energía, entendía cómo las neuronas del cerebro de todos aquellos que me rodeaban, y mis propias neuronas, y en especial las de los padres de Aod, fabricaban información, y también cómo las moléculas de dióxido de carbono eran expulsadas de los pulmones del matrimonio Danaán con la misma facilidad con que podía oír las amenazas e improperios salir a través de su boca, de la boca de aquellos que creían estar en la cúspide del puente de mando y no eran más que marionetas a merced de fuerzas que no comprendían, que ni siquiera percibían. ¿Quiénes eran ellos en realidad? Yo los veía como una cadena de concatenaciones en la que cada causa precedía a una consecuencia y, en esta imagen con que aparecían ante mi, ellos desaparecían. Ni siquiera existían. No tenían presencia ni entidad suficiente como para pedirles compensación alguna, no porque fueran inocentes sino por el mismo motivo que no puedes acusar de asesino a un león por devorar a un niño.

Les miré fascinados: ellos eran humanos. Seres conscientes, se suponía, capaces de distinguir entre el bien y el mal. Pero a su vez eran víctimas, semillas retraídas en sí mismas que estaban siendo arrastradas por corrientes que no percibían. El timonel habitante de sus cráneos, seguro de sí mismo, firme y responsable, orgulloso portador de sus nombres, sencillamente no existía. ¿A quién podía yo dirigirme para exigir la liberación de Aod? A nadie. Mi interlocutor eran hebras. Tira de esta cuerda y el navío virará a babor, tira de esta otra e irá a estribor. Cuerdas tensas que conectaban el pasado y el futuro, preñadas de sonido. Si quería cambiar la melodía, tenía que saber qué cuerdas debía tocar, pero volví a sentirme perdido entre la inmensa cantidad de información, quizá Cerebro, si no hubiera sido un cerebro vispoide, habría sabido qué hilos tensar y cuáles y a qué ritmo aflojar.

Yo sólo me limitaba a observar. Y eso hice, con fruición, también con la esperanza de encontrar alguna pista, algún nuevo conocimiento que me permitiera intervenir en el entorno y en la cabeza de los Danaán. El mero hecho de estar ahí era ya una forma de cambiarlo todo. La simple voluntad de querer conocer, cambiaba la red que era el mundo. Y yo podía conocer. Cómo la energía, la materia y la información entraban en el manojo de hilos difusos que era el cuerpo de los padres de Aod y era transformada a su vez en materia, energía e información que fluía de nuevo hacia el exterior, hacia mi propia presencia, a la que intentaban agredir y en la que intentaban enredarse las palabras como plantas trepadoras en una torre de piedra impasible, inaccesible. Podía discernir claramente las palabras que salían de la boca de los padres como lo que eran en realidad: no explosión espontánea, no descarga súbita de energía caótica, sino eslabón engarzado en una larga cadena, final de multitud de causas y principio de infinidad de consecuencias, a la vez fruta amarga y semilla simple que influiría de forma sutil pero perfectamente cuantificable en su entorno. Y ahí ante mi conocimiento estaban las cifras: tanto valía el cambio que implicaba en la información del entorno, en la entropía del medioambiente, y tanto peso tenía en la historia de aquella familia, que podía expresar en kilopondios o en newtons, no en emociones, nostalgias, ilusiones o esperanzas porque para mí era evidente la red de relaciones entre todos los animales y plantas y objetos que nos rodeaban, y eso me permitía poner números, y moverlos, y conocer a su vez su relación con el pasado y con el futuro, hasta tal punto que podía comprender con toda claridad cómo se intensificaban unas relaciones y se diluían otras y cómo los pensamientos y las palabras se transformaban en acciones y las acciones inducían cambios medibles en todo lo que nos rodeaba, y cómo a su vez lo que nos rodeaba entraba en la cabeza de los Danaán y aparecía reconstruido por su cableado neuronal ante su consciencia y aquella imagen, apenas humo, apenas ilusión de una ilusión, movía las voluntades de aquellos homo sapiens en una dirección u otra dependiendo de qué pesos se cambiaran en las interconexiones de su red neuronal, sin que ellos, creyéndose tan independientes y tan dueños de sus propias cabezas, pudieran percibir ni siquiera los seres vivos que les sostenían: sus propias neuronas, sus propias células, todas, ni una. Nada.

Su consciencia no era más que un roedor teledirigido por fuerzas que estaban más allá de su comprensión, más allá del ave rapaz que acechaba, más allá de otoños y primaveras, incluso. Ni siquiera se daban cuenta. Yo sí. Yo veía más allá de la sombra. Para mí no había oscuridad sino luz. Mi percepción iluminaba con toda claridad cómo las experiencias del pasado, las vivencias, luces, colores, olores, ausencias, presencias, tensiones, ilusiones, accidentes, temores, incomprensiones, ignorancias, esperanzas y deseos tiraban de la red neuronal de los padres de Aod hasta transformarlos en meros eslabones de una cadena que no tenía fin, en prisioneros de una cárcel que ni siquiera ellos veían, en víctimas de sí mismos, en partículas de materia sobre las que actuaban unas leyes igual de implacables que las tres leyes de Newton, sin alma, sin esperanza, reos inocentes y a la vez culpables, ignorantes pasajeros de un navío gobernado desde la sombra por un timonel oscuro, el mismo navío que transportaba en su bodega la semilla de sésamo de la consciencia humana a través de la tormenta, con olas de veinte metros de altura y nubes carnívoras y relámpagos asesinos. Podía conocerlo todo, asumirlo todo. Y era todo un latigazo de luz abrasador, una hoguera que reducía a cenizas mi propia consciencia, mis juicios, mis certezas y sobre la cual, cual ave fénix, se alzaba una nueva visión, una nueva consciencia de todo, de todos, en la que no cabía la culpa ni el odio, el desprecio ni la desesperanza: los padres de Aod eran culpables, y a la vez dignos de compasión, insignificantes semillas aturdidas por una tormenta que ni podían percibir, víctimas de su insignificancia, profundos pozos de dolor y soledad a la vez que animales satisfechos, bien alimentados y bien vestidos que aspiraban a ser algo más, algo digno de ser tenido en cuenta por el Universo. Me apiadé de ellos.

El desprecio había desaparecido.

Los compadecí.

Abrí los ojos. Cegado por mi propio conocimiento, me costó percibir el entorno donde realmente me encontraba. Estaba empapado en sudor. Jadeaba.

Me alcé. Mi cabeza parecía de hierro y tuve la impresión de haberme arrancado un imán gigante de la nuca. Idkereda y Alkai me ayudaron a ponerme de pie.

Alguien preguntó si me encontraba bien, no sé exactamente quién.

Fui dando tumbos hasta la medusa portadora, que retrocedió un metro, asustada.

¡Asustada!

¿Desde cuándo las medusas se asustaban al ver avanzar hacia ellas a los humanos?

Apoyé mis manos y mi cara sobre el epitelio transparente de la umbrela de la medusa y miré directamente a Cerebro. Los vispoides guerrero se posaron sobre el marco de la ventana y me miraron fijamente. Creo que Cerebro estaba un poco asustado porque no entendía lo que estaba haciendo aquel humano que era yo, medio alucinado, consternado, aturdido.

Ni yo mismo lo sabía.

Me fijé en los millones de insectos que formaban, con su comunicación, aquel cerebro vispoide. Los vi agitarse y vibrar en oleadas. Toda aquella nube prieta y densa... palpitaba, y me quedé fascinado.

Palabra bajó rápidamente de su columpio-silla y se interpuso entre los vispoides soldado y yo.

- ¡Cerebro! -exclamé-... ¿Eras tú? Eso... ¿eras tú? ¿Así ves el mundo?

Palabra me agarró por los hombros y me retiró suavemente de la medusa. No opuse resistencia. El terkuma me condujo hasta las camas y me senté.

- ¿Qué ha pasado, señor? -preguntó Alkai-. Díganos algo... ¿qué ha pasado?

Yo intentaba articular palabras.

Pero me sentía agotado y confundido.

Y sobre todo, sobre todo lo demás, sobre la confusión y el agotamiento: limitado. Me sentía limitado. Extraordinariamente limitado, escueto, simple.

Apoyé los codos en mis rodillas y me sujeté la cabeza con las manos. Miré al suelo.

Qué bofetada a mi orgullo humano.

Yo que me creía tan completo, tan dueño de mi mismo. Tan consciente de todo y tan sabio.

Bufé.

Idkereda se acercó.

Alkai también.

- No os preocupéis -dije-, estoy bien. Ha sido...

Dudé.

Les miré un momento.

- Increíble -murmuré finalmente-, ha sido increíble.

Idkereda preguntó:

- No nos va a decir lo que ha ocurrido, ¿verdad, señor?

Comprendí en aquel momento que Idkereda sería el siguiente.

- No -dije-, no quiero influirles.

- Pues entonces... ¡allá voy! -exclamó, y dio media vuelta y se tumbó con la cabeza apoyada en la almohada.

Mientras estuvo conectado parecía dormir plácidamente, pero acabó igual que yo. Abrió los ojos de repente, alucinado, angustiado, desorientado. Se incorporó de golpe y se mareó, y se cayó de culo. Le ayudamos a ponerse en pie y luego a sentarse de nuevo, en una de las camas, para que reposara.

Con Alkai se repitió la misma historia, y también con Aniolita.

Finalmente, Palabra pidió que se llevaran la almohada y nos quedamos todos en silencio. Los vispoides guerreros se retiraron de la ventana y buscaron reposo en ramas alejadas del árbol-torre. Las estrellas brillaban en el firmamento.


(Fin del capítulo 34. Capítulo siguiente)

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