Capítulo 32. KATMAI.

        El niño era un monstruo en potencia, como todos los niños. Era como la Humanidad: todos los caminos se abrían ante él, todas las posibilidades, y él no tenía ni idea, ni lo intuía. Su vida era un presente eterno, igual que si el tiempo no existiera. No conocía ni la maldad ni la bondad, era pura espontaneidad, lógica caótica e interrogantes continuos y perpetuamente insatisfechos.

Tenía seis años cuando murió.

Yo era su maestro en la escuela. Había jugado con él y le había leído y explicado muchos cuentos. No pude hacer nada por salvarlo. La ley no estaba de mi parte.

Los niños vivían rodeados de leyes: azul para apuntes, verde para títulos, herramienta regla para subrayar con rectas perfectas, herramienta borrar para los errores, todo limpio y ordenado, perfectamente ordenado y pulcro, la vida en el aula estaba sometida a una estricta disciplina y quien la rompía era llamado al orden y castigado. Parte de mi trabajo, sin embargo, consistía en mostrarles que había vida más allá de las normas, que sus errores eran tan importantes como sus aciertos y, sobre todo, que había que tener buena letra pero que no era imprescindible subrayar títulos con rectas absolutamente perfectas. En los cursos posteriores, el equivalente a subrayar títulos con rectas perfectas era el etiquetado auto-referencial estricto. Era inútil, y los chavales perdían un tiempo precioso incrustando unas etiquetas obsoletas en los apuntes que iban generando mediante sus neuro-implantes mientras el profesor explicaba. Al incrustarlas, se distraían y luego aquellas etiquetas no servían para nada. Yo les enseñaba un etiquetado más moderno, rápido y eficiente, pero en la mayoría de casos no me hacían ni caso: venían programados de los primeros cursos de primaria y ese etiquetado se había convertido en un auténtico tic nervioso, lo hacían sin pensar: en cuanto el profesor anunciaba un tema nuevo, o un apartado, o algo importante que era necesario resaltar, su mente perdía medio minuto de clase en buscar las herramientas para etiquetar el contenido de una forma perfecta y pulcra, perdiéndose una explicación que podía ser muy importante y ganando absolutamente nada a cambio, porque luego aquel etiquetado obsoleto lo único que hacía era ocupar memoria en sus apuntes, sin que sirviera para que entendieran mejor el contenido ni la lógica de la red de enlaces.

Algo parecido ocurría con las simulaciones erróneas. Yo les decía que no borraran las simulaciones que no coincidieran con los comportamientos reales, que les serían muy útiles para comprender cuáles eran sus ideas preconcebidas, todas aquellas ideas que se habían hecho del mundo real que luego resultaron no tener fundamento y que les llevaron a programar simulacros con resultados erróneos. En la mayor parte de los casos, tampoco me hacían ni caso. En cuanto veían que un proyectil o una nave o lo que fuera no se movía como debería, rápidamente borraban la simulación del espacio que tenían asignado en la holored y la substituían por una con leyes y parámetros correctos, como si les avergonzara haberse equivocado o como si estuvieran infringiendo una ley al mantener un error en su holored personal. En realidad era una cuestión de pulcritud. De pulcritud y de programación mental. Les habían inculcado desde muy pequeños que tenían que ser pulcros, habían insistido en ello hasta programarlos, y la pulcritud incluía no mantener cosas erróneas en sus espacios personales de la holored. Yo les explicaba que esas simulaciones erróneas eran extremadamente importantes porque a partir de ellas podían entender mejor sus mentes y saber por qué se habían equivocado. Y, de esta forma, aprender. Investigar, razonar. En la mayoría de casos, sin embargo, y a pesar de todo mi esfuerzo como profesor, era inútil. Una vez una mente está programada, no es suficiente con pedirle una y otra vez que cambie de dinámica, tienes que romper la programación con algo más espectacular que una simple petición bien educada.

Trabajar con niños pequeños era muy diferente. Su cerebro aún se está formando en gran medida. Los dos o tres primeros años de vida son fundamentales, vitales, decisivos y puede que incluso inapelables, pero con cinco, seis, siete u ocho años aún son suficientemente plásticos como para ser capaces de romper una rutina alegremente, como si estuvieran jugando.

A veces leíamos poemas. En teoría, los niños tenían que leerlos en silencio y luego contestar preguntas sobre lo que habían leído. Pero a mí esa forma de trabajar me parecía arcaica y poco estimulante para la mente de mis alumnos, así que improvisábamos pequeñas obras de teatro. Todos los niños tenían no sólo que leer unos cuantos versos sino también interpretarlos. A algunos les daba un poco de vergüenza, pero normalmente se les pasaba rápido en cuanto veían que el primero en hacer el payaso era su propio profesor. 

También era agotador.

Tenías que controlar continuamente la expresividad de tu cuerpo.

La primera vez que entré en un aula de primaria, llena de niños de cuatro años, cometí un error terrible.

Sonreí.

Acto seguido, una marabunta de niños sedientos de risa y juego se abalanzaron sobre mí sin ningún tipo de control. Estuvieron a punto de tirarme al suelo: tenía niños escalando por mis piernas, otros se colgados de mis brazos, un par se subieron a una mesa y luego a mi espalda, algunos intentaron descalzarme, otros exploraban a ver qué encontraban en mis bolsillos, con sus manitas diminutas. Uno colgaba de mi cintura y pedía por favor, y con cara compungida, que les dejara salir al patio. Debería haberme puesto muy serio pero la verdad es que la situación me parecía tan cómica que tenía que sujetarme la risa. Parecía un árbol de Navidad adornado de niños. Además, estaba demasiado ocupado en no pisar a ninguno de ellos. Creo que si no me caí fue más por miedo a aplastar a una de aquellas diminutas criaturas que por miedo a hacerme daño.

Tuvo que rescatarme un compañero de trabajo: alertado por el griterío dejó su propia clase y acudió a la mía. Entró con cara de manzanas agrias y en diez segundos consiguió que todos los niños se sentaran en sus sitios y estuvieran preparados para empezar la clase.

Yo aprendí la lección rápidamente. A partir de aquel día, siempre entré en el aula con cara de haberme bebido de un solo trago una botella entera de aceite de alga de Purgantia.

Aun así, algo veían los niños en mí: nunca me fue posible infundirles el terror que les infundían otros maestros. Quizá era debido a que yo también me aburría a veces en las clases y se daban cuenta de que tenía tantas ganas como ellos de jugar. No lo sé. 

El caso es que los niños venían con sus problemas inmensos, inabordables, irresolubles: qué color utilizo, con qué letra se escribe, cuánto es dos más dos, cinco por cinco, no sé qué dibujar, no sé, no sé, no sé, y yo les ayudaba dándoles ideas, haciéndoles sugerencias. Ellos me tocaban con total confianza, sin ningún tipo de rubor ni de pudor, tiraban de mi ropa, me tocaban los muslos, me daban cachetes en el culo para llamar mi atención, me miraban impacientes; yo ponía orden con infinita paciencia en la nube de niños que siempre acababa rodeándome cuando les ponía algún trabajo.

El segundo día de clase una niña vino y se sentó en mis rodillas antes de que yo pudiera impedirlo. Era mi primer trabajo como maestro, aún estaba en periodo de pruebas, y una de las normas con las que yo mismo había intentado conducir mi comportamiento en el aula era la de mantener una cierta distancia prudencial respecto a los alumnos, tanto física como emocionalmente. Pero con los niños pequeños era imposible, a no ser que te portaras como un auténtico ogro, o como un sargento, que es más o menos lo que soy ahora. La niña no me veía como un ogro, desde luego; ni como un sargento. Quería que le ayudara con un dibujo que estaba haciendo en la pantalla flexible, así que se acercó a mí y se sentó en mis rodillas. Era una solución lógica: así compartíamos más o menos la misma perspectiva de su creación y, sobre todo, conseguía captar mi atención.

Prácticamente, me acababa de conocer, sólo era el segundo día de clase, había entrado con cara de manzanas agrias en el aula y les había hecho callarse y sentarse sin atender excusas ni peticiones, pero al cabo de pocos minutos aquella niña había venido hasta mí y se había sentado en mis rodillas como si yo fuera tan inofensivo como un osito de peluche. Lo había hecho con toda naturalidad. Realmente, en aquel momento, me pareció la cosa más natural del mundo.

Los niños utilizaban lápices de colores, pantallas flexibles y representadores tridimensionales conectados a sus implantes neurales. Además aprendían a escribir siguiendo métodos tradicionales porque se consideraba bueno para el desarrollo de su coordinación motora. De todas formas, los implantes neurales crecen con ellos y con tan pocos años no saben utilizarlos del todo bien. Cuando les ponía como trabajo hacer un dibujo a partir de un cuento que les había leído, la clase se llenaba de objetos sin perspectiva, distorsionados y muchas veces mal enfocados. Casas, árboles, coches, barcos, naves o lo que fuera, flotaban en el aire justo encima de las mesas de los niños, mientras ellos los miraban con expresión concentrada y el ceño fruncido, como si estuvieran haciendo un gran esfuerzo. Todos los objetos eran totalmente planos, girabas alrededor de ellos y siempre tenían el mismo aspecto. Por muchas conexiones neurales que se les implanten para facilitar su integración con la holored, la percepción del espacio que tienen los niños a los seis años de edad sigue siendo la misma que tenían hace quinientos, mil años. Luego aprenden más deprisa, es cierto, pero con la edad en la que aún les impresionan los cuentos daba lo mismo que les pidieras dibujar en el espacio o en la pantalla flexible. Su poder de representación aún era muy limitado, aunque como cualquier cachorro humano ya lo utilizaran con fruición y total inocencia.

Había otros poderes que aún ni intuían poseer.

Una vez les leí el cuento de Hansel y Gretel. Descargué directamente a mi memoria una versión resumida que databa del s. XX desde la biblioteca del colegio y lo leí en medio de un corro de niños. Añadí una banda sonora improvisada y algunos efectos especiales de luz y de sonido pero ninguna representación visual. Había escogido aquella versión reducida del s. XX a propósito precisamente porque carecía de dibujos animados tridimensionales que corretearan a mi alrededor mientras leía el cuento: quería que fueran los niños mediante su imaginación quienes representaran después a los personajes.

Al llegar al fragmento en el que los padres abandonan a Hansel y Gretel en el bosque, el relato era especialmente duro: la explicación que daba es que los padres no querían a los niños, simplemente, como si fueran un mueble más de la casa y se hubieran cansado de él, así que lo dejaban tirado en medio del bosque, ya está, asunto arreglado; y entonces un niño que estaba a mi izquierda señaló a una compañera que estaba al otro lado del corro, a mi derecha, y gritó:

- ¡Como a Rita!

Yo me quedé helado.

Rita era una niña adoptada, y la clase lo sabía. Sus rasgos orientales resaltaban claramente entre los rasgos caucásicos del resto de la clase, que también compartían los padres de Rita, al igual que el resto de padres. Los niños se habían percatado durante los actos de inauguración del curso escolar, cuando se reunían padres y alumnos en la sala de actos, y también durante alguna representación teatral que se había hecho a lo largo de cursos anteriores, o en alguna fiesta escolar en las que las familias estaban invitadas a venir al colegio. Los niños se daban cuenta de estas cosas y querían saber por qué. Así que sabían que Rita era adoptada.

La niña se quedó sin saber qué decir. Miraba al niño que había hablado y sus labios estaban ligeramente abiertos. No sabía qué esperaban sus compañeros de ella. Estaba desconcertada. No sabía cómo tomarse lo que acababa de oír, lo que acabábamos de oír todos. Y no sabía cómo tomárselo porque el niño lo había gritado sin ninguna mala intención, como si hubiera visto una lagartija en la pared y hubiera gritado: ¡Mira, una lagartija!. Emocionado por el descubrimiento de un animal fascinante que a su mamá le provocaba pánico pero sin ni siquiera imaginar remotamente que la visión de la lagartija podía ofender a su interlocutor, por lo fea que era, porque era un reptil o por cualquier otra tontería.

Era una lagartija. Y estaba ahí. ¿Qué mal podía haber en decirlo?

Yo sí conocía el poder de las palabras y sabía que no siempre se podían decir las cosas si no querías que ese poder, devastador, se desatara. Me imaginé a Rita, triste, ofendida, sintiéndose diferente, al margen del grupo, llegando a casa compungida, llorando, un drama terrible, me imaginé a su mamá y a su papá viniendo al colegio a protestar, al director pidiéndome explicaciones, yo pensando en Hansel y Gretel. En fin, me monté mi película de adulto.

- ¡No, como a Rita no! -me apresuré a decir en un intento de apagar un fuego en realidad inexistente.

- ¿Por qué? -preguntó el niño que no era consciente del poder de sus palabras-, a ella también la abandonaron. Sus papás no la querían.

- A Rita sí la querían -dijo una niña.

- Ah -exclamó el niño.

No había pensado en eso.

Si el niño hubiera tenido una mente adulta, quizá me hubiera preguntado: si la querían, por qué la abandonaron y entonces sí hubiera tenido definitivamente que tomar cartas en el asunto, dejar de leer el cuento durante un rato y explicar que les obligaron a hacerlo, quiénes, pues quizá nadie, quizá no una persona en concreto, quizá las circunstancias, qué son circunstancias, cosas que rodean a la gente, cosas que tienen más fuerza que el más forzudo que os podáis imaginar, realidades de la vida que hubieran empezado a romper el presente eterno de aquellas personitas, pobreza, muerte, enfermedad, soledad, hambre, mil motivos que podían llevar a una madre y a un padre a no poder atender a su hijo, pero su mente infantil estaba más interesada en el cuento.

Quizá la mente de los adultos también.

Me miraban todos impacientes.

Seguí con el cuento.

Rita estaba a salvo. Las dudas sobre ella habían sido resueltas por los propios niños, de una forma espontánea y eficaz. La niña dibujó los personajes del cuento y jugó con el resto de sus compañeros sin ningún problema y probablemente, años después, si a sobrevivido a la guerra, y a otras circunstancias, ya ni se acuerde de aquel momento.

Yo sí. No lo he olvidado. El tono inocente del niño me dejó fascinado. Convirtió unas palabras que hubieran sido dolorosas como una pedrada en algo totalmente inocuo, como una lluvia de primavera en la cara. Esas mismas palabras, las mismas exactamente, pronunciadas por un adulto o con un tono diferente... y Rita habría salido sangrando de la clase. Hubiéramos podido curar la herida, pero habría sangrado. En aquel tono, sin embargo, el sonido no tuvo el más leve poder sobre el corazón de la niña.

Nunca más volverá a ser ese tono en el Universo, se ha perdido para siempre: el niño murió al cabo de pocas semanas.

Los terkumas creen que no podemos ni imaginar lo que es su idioma. Se equivocan: yo lo intuyo a veces, quién no, basta haber vivido unos pocos años entre humanos y haber observado con atención. Es cierto que no tenemos su mismo poder, la capacidad de transmitir inequívocamente emociones con la mera pronunciación de las palabras, pero a veces intuyo lo que podría ser un poder semejante y me gustaría no sólo poseer ese poder sino la capacidad de influir en la mente de las personas con una sola palabra; un poder terrible: destruir todo el edificio de mentiras, distancias, sombras y expectativas en el que se sustenta nuestra mente con un único chasquido de nuestras cuerdas vocales, una palabra, un morfema potente como un cartucho de dinamita.

Un poder monstruoso, sí, y sin embargo confieso que a veces he deseado tenerlo. Lo he deseado con todas mis fuerzas, con todas y cada una de las células de mi cuerpo, y siempre la realidad me ha puesto en mi sitio, en mi diminuto y miserable nicho cósmico.

¿Se hubiera salvado el niño si hubiera dispuesto yo de ese poder?

Qué infantil soy, qué ridículo. Siempre pensando en poderes, como si de una mala película de superhéroes del s. XX se tratara. La realidad es mucho más simple: la realidad es que no hice bien mi trabajo. Fracasé. Maldita sea mi miserable condición humana y maldito sea yo si le quiero echar la culpa a ella de mis fracasos.

El niño se llamaba Aod. Un día interrumpió mi clase porque tenía ganas de orinar. Levantó el brazo en mitad de una de mis explicaciones y me preguntó si podía ir al lavabo sin esperar a que yo le diera permiso para hablar. Ya sabes que has de ir antes de empezar la clase, Aod, le contesté yo, extrañado. Aod raramente daba problemas en clase, y si alguna vez llamaba la atención era por incidentes como el de Rita, sin mayor repercusión para la disciplina de la clase. Sí, sí, lo sé, me contestó él, he ido pero vuelvo a tener ganas de hacer pis.

Le dejé ir.

Cuando volvió me pareció verle un poco pálido y también tuve la impresión de que había adelgazado en los últimos días, pero no le di más importancia; pensé que eran imaginaciones mías.

No empecé a preocuparme seriamente hasta que volvió a pedirme ir al lavabo.

- Aod -dije yo-... ¿te encuentras bien?

Aod negó con la cabeza.

- Estoy cansado -dijo.

- Bueno, anda, ves al lavabo. Kevin, acompáñale.

No habían pasado dos minutos cuando Kevin entró corriendo en la clase, muy excitado.

- ¡Profe, profe! -gritaba.

Salí corriendo.

- Kevin, vigila la clase -fue lo último que dije dentro de la clase-, quien se porte mal, lo castigaré.

Grité la amenaza ya desde el pasillo.

Aod estaba sentado en el suelo del lavabo. Se había hecho pipí encima, estaba muy pálido y semiinconsciente.

- ¡Aod! -exclamé.

Le agarré la manita y le toqué la frente. Apenas reaccionó.

Le levanté con mis brazos y me lo llevé conmigo. Corrí con él por el pasillo. No eran imaginaciones mías: aquel niño estaba en los huesos. Había perdido mucho peso en pocos días.

Interrumpí la clase del mismo compañero que me había salvado de la marabunta de críos.

- Por favor -dije-, échale un vistazo a mi clase de vez en cuando. Aod se encuentra muy mal, me voy con él. Voy a avisar a sus padres.

- ¡No te preocupes! -me contestó.

Salí corriendo escaleras abajo.

Desde conserjería llamamos a los padres de Aod pero ninguno de los dos podía ir al hospital con su hijo: el padre se encontraba a miles de kilómetros de distancia en viaje de negocios y la madre estaba desconectada de la holored. En el colegio no conocíamos a más familiares. El padre nos dijo que avisáramos a un tal señor Lucid Corentine, amigo de la familia, pero también hubo dificultades para contactar con él, así que yo no quise esperar más: metí a Aod en el coche y me lo llevé al hospital.

De camino, me llamó el director del colegio. Le expliqué lo que había pasado y me dijo que había llamado el tal Lucid Corentine, que quería saber dónde estaba Aod.

- Dígale que Aod está conmigo -añadí-, que estamos llegando a urgencias del Hospital Elkin Patarroyo.

- Así lo haré, de todas formas -me pidió el director-... tú no vuelvas hasta que alguien de la familia llegue al hospital.

Me quedé con Aod hasta que llegó la madre. Mientras tanto, proporcionaron los primeros auxilios al niño y empezaron las preguntas:

- ¿Quién es usted? ¿Es el padre del niño?

Ya me había identificado al entrar en urgencias pero la información debía de haberse quedado en algún formulario de ingreso y aquel médico joven no estaba para consultar formularios, a juzgar por la expresión que tenía en el rostro.

- No, no... soy profesor suyo -volví a explicar, e iba a continuar con las circunstancias que me habían llevado hasta allí cuando, antes de que tuviera tiempo de explicarle nada, me espetó:

- ¿Cómo es que no han venido sus padres?

- El padre está de viaje de negocios y la madre estaba desconectada de la holored.

El médico frunció el entrecejo.

- ¿Desconectada de la holored? -repitió, incrédulo.

- Así es -confirmé-, de todas formas, no creo que tarde en llegar, desde el colegio le hemos dejado varios mensajes y el padre también está avisado. ¿Cómo está Aod?

- Mal -me respondió secamente-, ha hecho bien al traerlo cuanto antes. Estaba a casi cuatrocientos. Estaba a punto de entrar en coma.

- ¿Cómo en coma? ¿Qué quiere decir a casi cuatrocientos? -pregunté consternado.

- Quiere decir glucemia. Quiere decir que su nivel de glucemia estaba un trescientos por ciento más alto de lo normal.

Mi cara de desconcierto impulsó al médico a continuar su explicación.

- ¿Ha oído hablar de la diabetes?

- Me suena, pero...

Titubeé.

¿La diabetes no era una enfermedad de tiempos pasados? ¿Hoy en día no se curaba incluso antes de nacer?

- Pensaba que la diabetes era una enfermedad incluida en los tests genéticos básicos prenatales -respondí finalmente.

- Exactamente -dijo el médico- pero es que hemos buscado en la base de datos y este niño ni siquiera está vacunado.

- ¿Cómo? No puede ser... ¿eso es legal?

- En este planeta, sí. ¿Conoce usted a sus padres?

- Sí, no mucho, he empezado a trabajar en este colegio este mismo curso.

- ¿Sabe de qué religión son? ¿Alguna vez han hecho algún comentario que nos ayude a entender esta situación?

- Pues no... no sé, creo que no.

En ese momento, se acercó una enfermera e informó al médico de que la madre acababa de llegar.

Pensé en quedarme y hablar con la madre pero en un segundo cambié de opinión: debía de estar muy nerviosa y me pareció que no era el momento oportuno.

- ¿He de quedarme? -pregunté al médico.

- No, no es necesario -me contestó-, no se preocupe, ya nos encargamos nosotros.

Y me estrechó la mano.

Fue más de lo que hizo la familia.

Al día siguiente regresé al hospital. Habían subido a planta a Aod y lo tenían ingresado en una habitación. Recuerdo todas las conversaciones que mantuve aquellos días con precisión porque las grabé mediante mis neuroimplantes, pero en realidad no hubiera sido necesario: me habría bastado con mi memoria natural, sobre todo en el caso de las conversaciones que mantuve con los padres de Aod. Al entrar en la habitación, vi al padre y a la madre en la cabecera de la cama, cada uno a un lado. Fui a saludarlos sonriendo y con la mano extendida hacia el padre, que era quien tenía más cerca. Pero fue como si extendiera la mano hacia un témpano de hielo. Podía sentir el frío que exhalaba aquella estatua en la palma de mi mano, a distancia.

- Hola, profe -dijo Aod, sonriendo.

A esas alturas, un par de segundos después de que yo entrara en la habitación, el profe era el único que sonreía. Recogí la mano.

- Hola, Aod.

No entendía nada; al fin y al cabo, había tratamiento para la enfermedad de su hijo, así que no comprendía a qué venía esa sepulcral frialdad. Lo primero que pensé fue que había alguna nefasta novedad. Sin embargo, a decir verdad, no lo pensé con mucha convicción: en el fondo sabía que no era así; mi intuición, mi piel, mis vísceras me decían que ese frío no se debía a ninguna mala noticia de última hora.

- ¿Hay malas noticias? -pregunté aun así.

- Haga usted el favor de salir de la habitación -fue la respuesta que obtuve por parte del padre.

¿Cómo?, pensé.

- ¿No me ha oído? -insistió, secamente.

No era una broma. Estaba hablando muy en serio. Yo no comprendía qué estaba ocurriendo, no me esperaba ese recibimiento.

- Usted no es bien recibido aquí -dijo la madre, por si quedaba alguna duda.

- ¿Por qué? -pregunté desorientado.

- Tendremos que llamar a seguridad -amenazó el padre.

- No, no -reaccioné-, ya me voy, pero me gustaría saber por qué no soy bien recibido.

En la habitación había otro hombre a quien no conocía. Era un señor mayor con larga barba blanca. Vestía una túnica sencilla y sandalias.

- Usted -dijo la madre- no tenía autorización para traer al hospital a nuestro hijo.

- Pero Aod se encontraba muy mal -me defendí-, pensé que era lo mejor para él, los médicos me dijeron...

- En el colegio saben que en situaciones así tienen que avisar a Lucide Corentine -me interrumpió el padre.

Señaló con la cabeza al hombre de la túnica.

- Pero no nos toman en serio -se quejó la madre.

El tal Lucide Corantine se limitó a decir:

- Ya ha oído usted a la familia. Haga el favor de salir.

Había oído al padre y a la madre pero no a Aod. Miré al niño.

- Adiós, Aod -me despedí.

- Adiós, profe -me contestó, resignado.

Fue la última vez que hable con él. No olvidaré nunca la imagen del niño recostado en la cama del hospital, enmarcado por sus progenitores, bajo la atenta mirada de Lucide Corentine. La mirada del niño, triste, frágil y avergonzada, contrastaba con la dureza imperturbable de la mirada de los padres, en la que la furia y el odio asomaba con escalofriante corporeidad, como si fuera un parásito asomándose al mundo a través de sus ojos.

Me pregunté qué tenía que ocurrir en la vida de un ser humano para que la mirada del niño se transformara en la de sus padres, qué procesos se daban en el mundo físico y cómo afectaban a la esencia humana de aquel niño indefenso, incrustado en una cama de hospital y vigilado por sus dos progenitores como dos buitres acechan sus posesiones, para que aquel niño dejara de ser un niño y se transformara en buitre.

Salí de la habitación.

Me quedé en el pasillo, sin saber muy bien qué hacer, si girar a la derecha o a la izquierda.

Al final me fui al puesto de vigilancia de la planta con la intención de preguntar por el médico de Aod. Cuando me pidieron que me identificara pensé que no me dejarían hablar con él pero, para mi sorpresa, ocurrió todo lo contrario.

- Dice que vaya a la planta cinco y pregunté allí por él -me dijo el enfermero que me atendió-, que quiere hablar con usted.

Cuando llegué a la quinta planta y pregunté por el médico de Aod me hicieron pasar a una consulta donde atendía una doctora a la que no conocía. Cuando entré estaba sentada tras un escritorio rellenando informes tras un terminal táctil. Era una señora con el pelo corto, la mirada brillante y el rostro despejado de arrugas, excepto en algún punto muy concreto, donde los discretos pliegues de su piel delataban una cierta edad. Me miró, apagó el terminal y me preguntó:

- ¿Usted es el profesor que trajo al niño de la doscientos dos?

- Sí, señora, soy el profesor que trajo a Aod -contesté.

Ella asintió y luego se presentó:

- Hola, soy la doctora Alenda Kos.

A continuación señaló una silla que estaba delante de su escritorio y me ordenó:

- Siéntese.

En realidad no fue una orden, pero sonó casi como si lo fuera. Me senté deseando que aquellas formalidades pasaran pronto y empezáramos ya a hablar de Aod y de lo que ocurría.

- Habló con usted un colega mío en urgencias.

- Así es.

- ¿Le dijo que el niño ni siquiera está vacunado?

- Sí.

- ¿Le parece normal?

Me quedé con la boca abierta.

- ¡¿Cómo me va a parecer normal?! -pregunté, asombrado por que me hiciera esa pregunta.

Ella se levantó. Se dirigió a una ventana que daba a los jardines del hospital y se quedó mirando el paisaje, con las manos en los bolsillos de su bata blanca.

- Pues hay gente en este planeta a la que le parece normal -dijo.

- ¿Cómo está Aod? -pregunté, un poco impaciente.

- Ahora está bien -me contestó-. Le estamos tratando con insulina y dieta.

- ¿Con insulina? Pero ese tratamiento no es...

Iba a decir que si no era el que se aplicaba en los siglos veinte y veintiuno, un tratamiento totalmente desfasado, pero la doctora me interrumpió y dijo:

- Definitivo. Tiene razón: no es definitivo. No cura la enfermedad.

La noche anterior, en casa, después de la jornada de trabajo, había buscado información en la holored sobre la diabetes y había estado leyendo un poco al respecto. Sabía que era una enfermedad que hasta el siglo veintiuno no tuvo cura y que antes del siglo veinte no existía ni siquiera tratamiento. La gente, en caso de padecerla, simplemente se moría. Pero todo aquello eran recuerdos de un pasado remoto. En la actualidad era una enfermedad prácticamente desconocida. Los tests prenatales y las terapias genéticas habían conseguido erradicarla casi por completo. Y en el caso improbable, pero posible, que a pesar de los tests alguien desarrollara la enfermedad, había tratamientos para curarla definitivamente. Seguía sin entender cuál era el problema, qué estaba pasando.

Me acomodé en el asiento, suspiré y dije:

- Escuche, no entiendo nada. Acabo de salir de la habitación de Aod y... ¿sabe por qué? Porque los padres me han echado. Están francamente enfadados y no entiendo por qué. ¿Sabe qué me han dicho? Que no tenía autorización para traer a su hijo al hospital. Y ahora usted me dice que están tratando a Aod con un tratamiento obsoleto. Por favor, ¿podría explicarme qué está ocurriendo?

La doctora suspiró y volvió a sentarse.

- Usted no es de este planeta, ¿verdad?

- No, no lo soy, pero ¿tiene eso importancia?

Había estudiado Psicoingeniería y Desarrollo Mental Humano, en contra de la voluntad de mis padres, a quienes les hubiera gustado que cuidara de la granja. Habían dedicado su vida a terraformar y explotar el planeta donde nací. Me criaron y me pagaron todo con la ilusión de que su hijo heredara la granja que ellos habían levantado con sangre, sudor y lágrimas. Las últimas lágrimas las provoqué yo: decidí tomar un camino diferente. Y me fui lejos. A dar clases a niños pequeños. Y acabé en el despacho de una doctora que estaba a punto de explicarme algo terrible.

- Si fuera de este planeta -empezó su explicación-, entendería mejor ciertas cosas que ocurren aquí. Los padres de Aod pertenecen... a una secta donde no aceptan ningún tratamiento médico moderno.

Me quedé sin saber qué decir.

- Me parece muy bien -fue lo primero que se me ocurrió- pero supongo que la ley protegerá a Aod como menor de edad, ¿no?

- Me temo que no -respondió ella-. En este caso, la ley ampara la voluntad de los padres.

- No lo entiendo, francamente, si Aod no recibe el tratamiento adecuado, morirá. ¿Quieren eso los padres?

- Sinceramente, no creo que se trate de eso -contestó ella-, no quieren que su hijo muera, no es ese el problema, no estamos hablando de un sacrificio humano. Creo que lo que ocurre es que no se dan cuenta de la situación. Quieren sacar a su hijo del hospital y tratarlo con... bueno, en fin, medicinas naturales, creo que lo llaman.

- No me lo puedo creer. No me puedo creer esta situación.

- He hablado con ellos -me explicó la doctora-. Se lo he dicho tan claramente como usted lo acaba de decir: si no le tratamos en el hospital, su hijo morirá. Punto. Pero no ha habido manera. No me creen. Me han llamado engreída y soberbia. He insistido y me han preguntado si me creía dios. Todos mis esfuerzos han sido inútiles. No han entrado en razón. Insisten en que quieren sacarlo del hospital para tratarlo con su... medicina.

- Pero ustedes se lo impedirán... ¿no?

- No podemos hacer nada. Estamos poniendo trabas para evitar que los padres se lleven al niño ahora mismo, pero en realidad si se lo llevaran ahora mismo tampoco les condenarían. Lo único que quieren evitar es el juicio que habría. Al final, serían declarados inocentes, pero no quieren pasar por ese trámite. ¿Por qué cree usted que los padres están tan enfadados con usted?

Me quedé en silencio.

- Porque si usted no hubiera traído al niño al hospital -se replicó a sí misma- ellos lo tendrían en casa y podrían hacer con él más o menos lo que les diera la gana sin tener que dar explicaciones a nadie. Bañarlo en manzanilla o untarle con caramelo de frutas del bosque, lo que quisieran. Al haber ingresado, sin embargo, se enfrentan a una serie de trabas burocráticas que tendrán que superar si quieren llevarse al niño.

Me pasé la mano por la cara. Intenté concentrarme y pensar de forma constructiva. Todo aquello me parecía totalmente surrealista e increíble y me sentía como si me hubieran dado una bofetada.

- Está en juego la vida de un niño -dije-, ¿no se puede declarar a los padres mentalmente incapaces?

La doctora sonrió levemente. Era una sonrisa triste. Yo permanecí en silencio, a la espera de que me explicara aquella sonrisa y por qué era triste.

- Eso es justo lo que he ordenado a los servicios jurídicos del hospital. Y no se crea, no ha sido sencillo que cumplieran la orden.

Me quedé unos segundos en silencio. Cuando creí comprender lo que quería decirme la doctora, pregunté:

- ¿Está intentando decirme que los padres tendrían la simpatía de parte de la población?

- Veo que ha captado la situación -me respondió.

Suspiré profundamente.

- Actualmente -continuó diciendo la doctora- será complicado que un tribunal les declare mentalmente incapaces siendo como son los dos personas integradas en su comunidad y empresarios de éxito.

- Sí, unos empresarios de éxito que dejarán que su hijo muera antes de tratarlo con medicina moderna. Por no mencionar lo de las vacunas. Unos empresarios de éxito totalmente irracionales.

- Desde su propio punto de vista, están siendo consecuentes con sus ideas... pero entiendo lo que quiere decir. Ser consecuentes con sus ideas no le convierte a uno en racional. De todas formas, ante un tribunal de este planeta, pesará más el hecho de que son dos personas integradas socialmente y de éxito económico que el hecho de rechazar la medicina moderna.

Resoplé, un tanto impaciente.

- Perdone, pero me cuesta creerla. No conozco este planeta, es cierto, hace poco tiempo que trabajo aquí, pero he leído algún que otro libro de Historia y me cuesta creer que la situación se haya degradado tanto.

- ¿Degradado? Bueno, ahora al menos hay tribunales que imponen el orden a escala planetaria. Por otra parte, no le estoy pidiendo que me crea: consulte la hemeroteca.

Me pasó vía neuronal un archivo repleto de enlaces a casos parecidos al de mi alumno.

- Como podrá ver, no son miles -me explicó-, no nos enfrentamos a un caso así cada día, pero hay unos cuantos. Écheles un vistazo usted mismo, si no me cree.

Me conecté a la holored y me descargué información de alguno de los casos enlazados en el archivo que me había transferido. Eran casos almacenados en hemerotecas de acceso público y gratuito con abundante información sobre las personas implicadas y sus circunstancias. De hecho, había conexiones a los registros de los juicios, con las transcripciones exactas de cada sesión en todos los casos. Todos se habían fallado a favor de los padres. Almacené la información para repasarla detenidamente más tarde e inspiré profundamente.

- Pensaba que estos problemas eran cosa del pasado -confesé-. Actitudes fanáticas como la de los Testigos de Heová cuando se negaban a hacer transfusiones de sangre a sus hijos... pensaba que formaban parte de la Historia, y punto. Pensaba que habíamos evolucionado. Que habíamos pasado página. 

La doctora se levantó de nuevo y se puso a mirar otra vez por la ventana.

- Generalmente, así es -dijo, un poco ausente-, hay mucha gente que desconfía de los tratamientos médicos modernos, tienen miedo, no entienden cómo funciona la medicina de hoy en día. Colonizamos mundos de estrellas lejanas pero mucha gente sigue sin tener una idea clara de lo que es un átomo. ¿Cómo explicarles entonces lo que son los aminoácidos, las proteínas y los genes? En una situación como la que estamos viviendo, y en la época actual, si pregunta usted a cien personas probablemente sesenta o setenta le contestarán que los padres no pueden equivocarse respecto a su hijo, menos si son empresarios de éxito, y ni le escucharán cuando intente usted explicarles lo que es la diabetes y que la manzanilla o el agua de mar es inútil para curarla. La situación es esta, aún hoy en día. Sin embargo, a la hora de la verdad, noventa y nueve de esas cien personas acudirán al hospital y, ante una situación de vida o muerte, se pondrán en manos de los médicos sin pensarlo, aunque luego en privado sigan creyendo en hadas y elfos.

Me golpeé la palma de la mano izquierda con el puño cerrado de la derecha.

- ¡Pero habrá algo que podamos hacer! -exclamé.

Interiormente, estaba furioso.

- Quería pedirle un favor.

La doctora se giró y me miró fijamente.

Sus ojos brillantes, incisivos, revelaban una firme determinación en sus ideales y las ojeras sobre los que se sostenían, no muy profundas pero evidentes, maratonianas e intensas jornadas de trabajo para conseguirlos.

- ¿Podría usted hablar con la familia?

Me quedé boquiabierto.

- ¡Pero si me acaban de echar de la habitación! -exclamé.

Ella se acercó y, sin dejar de mirarme, apoyó las palmas de sus manos en el escritorio.

- Lo haría encantado -me expliqué-, de hecho, no pienso quedarme de brazos cruzados, pero ellos no querrán ni verme.

- No se preocupe por eso -me contestó ella-, hay un procedimiento legal que la familia está obligada a atender en caso de que algún médico lo invoque.

- ¿En qué consiste?

- Se llama discussio y consiste en un debate entre la familia y otra persona que tiene un punto de vista diferente sobre el tratamiento del paciente. No es un juicio, es un procedimiento más sencillo en el que simplemente se intenta que la familia cambie de parecer. Lo convocaremos mi equipo y yo pero a los médicos no se nos permite participar. Tiene que ser otra persona, una persona relacionada con el paciente pero que no sea médico. ¿Aceptaría ser usted?

Pensé durante unos segundos. Después de la sorpresa inicial, a medida que pensaba y pensaba, me sentía cada vez más agobiado por la responsabilidad.

- ¿ Usted -dije finalmente- profesional de la medicina del siglo XXIII me está diciendo que nuestra única oportunidad de salvar a Aod de una muerte segura es que yo, maestro de primaria, intente convencer a la familia hablando con ellos, simplemente?

- Así es.

Me sentí atrapado y totalmente abrumado.

- Vamos a ver, un momento -supliqué-. Exactamente, ¿qué dice la ley?

- El texto exacto no lo conozco pero...

- Me refiero a la ley que ampara a los padres. ¿Qué tipo de ley es?

- Es una ley que protege la práctica de las creencias religiosas.

- Las creencias religiosas. Vale... pero ¿y las sectas? Quiero decir... una cosa es practicar una religión y otra cosa es estar abducido por una secta. Es más, ¿no demuestra que están mentalmente incapacitados para cuidar de su hijo el hecho de que pertenezcan a una secta?

La doctora asintió.

- Entiendo lo que quiere decir. Pero por ese camino no hay nada que hacer. He sido yo quien les ha llamado secta. En realidad están reconocidos como religión y, por lo tanto, la ley ampara sus prácticas, incluso en casos como éste. Se llaman a sí mismos ecumenimistas. Algunos también les llaman neo-animistas, o neonimistas. Gaia es su diosa madre y... en fin, no sé cuántas cosas más. ¿Sabe por qué la madre estaba desconectada de la holored? Porque estaba atendiendo un parto natural, en casa de otra fiel de la secta, sin ningún tipo de atención médica moderna. Es comadrona de Gaia.

- Joder.

Expelí la palabrota como si me hubieran dado un puñetazo y hubiera salido disparada directamente de mi estómago sin que pudiera impedirlo. Luego me quedé en silencio. No tenía aliento para ninguna otra palabra.

- En el siglo XX y XXI estaba totalmente prohibido realizar este tipo de partos. Se hacían marginalmente, a escondidas, pero ahora es incluso legal. Se consideran una práctica religiosa y quedan amparados por la ley.

- No me lo puedo creer.

- Créaselo. Si decide aceptar hablar en la discussio, téngalo en cuenta: ni se le ocurra apelar al sentido común, ni hable de cambiar las leyes. Céntrese en los padres, apele a sus sentimientos. Intente que visualicen a su hijo muerto.

Se acercó mucho a mí y me miró directamente a los ojos.

- Métales el miedo en el cuerpo -dijo-. Intente usted... despertar su miedo a perder a su hijo, si es que aún pueden sentir miedo.

- Es una responsabilidad muy grande -susurré, aturdido.

- Lo sé. Búsquese un abogado. Le acompañará durante la discussio. No se preocupe por el precio, lo pagará el hospital.

- Es que no sé de qué puede servir, francamente: si no le tratan ustedes, Aod morirá. Fin de la discusión.

- Exacto, Sr. Katmai -remachó la Dra., así es. Ahora sólo tiene que conseguir que los padres lo vean con la misma claridad que usted.

Si la ley no hubiera obligado a la familia a asistir a la discussio, se habrían negado a hablar conmigo. Vi enseguida que la estrategia que me proponía la Dra. Kos era equivocada: no podían sentir miedo; fanáticos como los padres de Aod no tienen miedo a la muerte, ni a la propia ni a la de los seres queridos. ¿Qué es la muerte de un ser querido? ¿Un proceso físico-químico intrínsecamente programado en la dinámica de la materia viva? No. Es ausencia. ¿Física? ¿Química? ¿Dinámica? ¿Materia? No, no y no. Ausencia. Silencio. Vacío. Pero los fanáticos no tienen miedo a la ausencia de sus seres queridos: están absolutamente convencidos de que siguen existiendo, aunque ellos no puedan disfrutar de su presencia como hacían cuando estaban vivos. Si su hijo moría, se consolarían pensando que su espíritu seguía viviendo en el vientre cósmico de Gaia. Estudié sus creencias y contraté a un abogado. Pertenecía a un grupo de activistas que luchaban desde hacía años por cambiar la Ley de Práctica Religiosa. Se llamaba Crespo Crámer y no sabía hacerse el nudo de la corbata, complemento que aún se utilizaba en muchos hábitats humanos pero en el que Crespo no creía. Me sugirió que el primer paso en la discussio debería ser intentar conseguir que los padres no me vieran como un enemigo.

- Intente convencerles -me decía mientras rebuscaba entre cientos de archivos y mascaba chicle-, pero que ellos no se den cuenta. Preséntese como alguien igual que ellos, que tengan la impresión de que estamos en el mismo barco.

¿Qué tenía en común yo con los padres de Aod?

Aquella noche, y la anterior, y la siguiente, pensé durante horas.

Intentaba encontrar respuestas.

Tramaba planes alternativos por si fallaba la discussio, que era lo más probable. No tenía mucha confianza en poder desprogramar dos mentes adultas en tan poco tiempo.

El día señalado, los padres acudieron con Lucide Corantine, quien se sentó a su lado y haría el papel de portavoz de la familia. Yo fui con mi abogado y sin un sólo papel: me había aprendido el discurso inicial de memoria, para las réplicas posteriores utilizaría las notas que tomara Crespo, y que me pasaría directamente a través de los implantes neuronales. La sala del tribunal estaba abarrotada de público y de medios de comunicación. Aod se había convertido en un espectáculo mediático. Algunos compañeros del trabajo me preguntaron que por qué iba hablar yo en la discussio en contra de los padres. Yo contestaba siempre lo mismo:

- No voy a hablar en contra de los padres, voy a intentar salvar la vida de Aod.

Me retiraron la palabra.

- Todos queremos lo mejor para Aod -me decían algunos.

Yo me enfurecía.

- ¡Pues entonces no permitamos que los padres lo saquen del hospital! -exclamaba- ¡Vayamos al hospital a manifestarnos! ¡Impidamos que se lo lleven si llega el día!

A ellos les parecía muy radical mi actitud, incluso violenta. Procuraban no cruzarse conmigo por el pasillo. Unos pocos, sin embargo, me manifestaron en privado su apoyo, pero me dijeron que de ir a manifestarse ni hablar. Y así fue: ni hablamos.

El director del colegio me concedió un permiso excepcional de un día para acudir a la discussio. No hizo ningún comentario al respecto pero yo sabía que no le hacía gracia que el colegio se hubiera hecho famoso por aquel tema, y menos aún que uno de sus profesores fuera a hablar en la discussio para intentar cambiar la voluntad de los padres. Podía restar muchos clientes.

En realidad, a mí tampoco me hacía gracia estar en el punto de mira de las cámaras de medio planeta.

- Adelante, señor Raman Katmai, tiene usted la palabra -dijo el juez.

Se concedía el primer turno de palabra a la parte que había convocado la discussio.

Tomé aire y empecé a declamar la disertación que me había aprendido de memoria.

- Todos somos seres humanos -dije, e hice una pausa-. Todos estamos juntos ante la infinita inmensidad del Universo y sus misterios. Desde tiempos inmemoriales el ser humano se alza ante las estrellas y siente un escalofrío ante la inmensidad que le rodea. Aprendimos a caminar, aprendimos a tallar piedras, aprendimos a dominar el fuego. Con cada nuevo conocimiento, conseguíamos pasar un poco menos de hambre, un poco menos de frío, un poco menos de miedo. Después de muchos siglos de sufrimiento, aprendimos incluso a dominar el átomo y las intimidades del espacio. Si bien al principio nuestros pasos eran lentos y titubeantes, como los de un niño pequeño que aprende a caminar, ahora somos capaces de saltar de estrella en estrella. Pero las preguntas que nos definen como seres humanos siguen siendo las mismas; las preguntas con las que nos convertimos en seres humanos siguen siendo, después de miles de años de caminar lento y doloroso, protagonistas de la existencia humana: ¿quiénes somos? ¿A dónde vamos? ¿Por qué existimos? Todos las contemplamos con respeto. Algunos de nosotros sienten que ya han encontrado respuestas a estas preguntas, otros siguen teniendo dudas. Las respuestas son múltiples y variadas, las dudas también... muchas veces conviven juntas en una misma persona. Pero por encima de la disparidad de posturas ante el gran misterio... existe otra pregunta, también fundamental y también fundacional de la existencia humana, ante la cual todos los seres humanos, todos sin excepción, hemos contestado en la misma dirección y sentido -pausa. Miro a los padres, al santón que ha abducido a los padres, al juez, al público en general. Prosigo:- ¿Merece ser libre el ser humano? ¿O debe someterse, sin rechistar, a las mismas fuerzas que moldean la vida del resto de animales? Permítanme explicarles con pocas palabras por qué estoy convencido de que todos, aunque tal vez a veces no lo parezca, hemos dado la misma respuesta a esta pregunta... ¡Porque todos nosotros llevamos ropa! La ropa, señoras y señores, entre otras muchas cosas, nos otorga libertad ante las inclemencias del tiempo. La ropa es lo que nos permitió salir de África y vivir en climas hostiles a la frágil naturaleza humana. La ropa fue lo que nos dio la libertad de escoger entre esperar miles, si no millones de años, a que las fuerzas ciegas de la evolución adaptaran nuestros cuerpos al frío o al calor, o no esperar y colonizar nuevos territorios en cuestión de pocas generaciones. Si no les gusta hablar de ropa, podemos hablar del fuego, o de coches; sé que ustedes, señor y señora Danaán, utilizan con frecuencia el coche, y también los aviones-bala para desplazarse con rapidez a lugares remotos de este planeta. ¿Saben qué son todos estos medios? Son una respuesta afirmativa a la cuestión de si merece ser libre el ser humano. Cada vez que se visten, encienden fuego o van en coche. Todo es fruto de una respuesta afirmativa. Todo lo que nos rodea hoy en día es un producto tecnológico. Incluso la ropa más sencilla, elaborada a partir de fibras naturales y nada más, es un producto tecnológico. Es una ampliación del ser humano. Es más, aunque todos nosotros decidiéramos ir desnudos ahora mismo, no utilizar más el coche o no viajar en avión, seguiríamos dependiendo de la tecnología humana en cuanto tuviéramos hambre y decidiéramos comer una manzana, un yogur o un mendrugo de pan. Como todos ustedes saben, hace ya miles de años que prácticamente cualquier alimento que ingerimos se produce en campos de cultivo o en granjas. La agricultura, por sencilla que sea, es tecnología: es el medio que tiene la mente de crear un producto que no existiría en el medio natural sin la intervención humana. Ya sea una manzana, una col o una patata. Incluso las que ustedes llaman naturales. No crean que las manzanas salvajes son como las que comemos hoy en día. Probablemente, si se las intentaran vender, no las querrían. Los tomates silvestres ni siquiera son comestibles.

Continué hablando durante unos minutos más. Intenté explicar cuánto esfuerzo había costado a lo largo de los siglos conseguir manzanas jugosas, maíz y trigo generosos, tubérculos comestibles... cualquier especie de la que disponíamos hoy en día para alimentarnos; y en general todos aquellos utensilios mecánicos y programables que nos facilitan la vida. Y el agua potable, lo que costaba conseguir un vaso de agua potable. Milenios de historia hasta que se descubrieron los organismos patógenos, los microbios y los virus, y se destierran ideas equivocadas, conceptos que lastraron a la Humanidad durante generaciones y por fin el terreno quedó libre para desarrollar técnicas de limpieza y potabilización del agua. Miles de años. Incontables generaciones. Acabé diciendo:

- ¿Y saben para qué ha servido toda esta tecnología, todo el esfuerzo sumado de tantas y tantas generaciones? Para que ustedes, señor y señora Danaán, puedan escoger. Aquí y ahora. Estoy seguro, de que quieren lo mejor para su hijo. Llevado por esta convicción, permítanme pedirles, por favor, que se pregunten a ustedes mismos por qué aceptan el coche, la ropa y los aviones-bala... y no aceptan la tecnología que podría salvar a su hijo de una forma segura y sin incertidumbre.

Me senté. No hubo aplausos. Un murmullo recorrió la sala. El juez demandó orden y mi abogado me apretó el hombro en señal de apoyo. Tomé un poco de agua. Estaba sediento.

Las últimas palabras -de una forma segura y sin incertidumbre- las había añadido a sugerencia de la doctora Kos. Me había asegurado que si no lo hacía así, en el turno de réplica, la otra parte respondería que ellos disponían de su propia tecnología para salvar a Aod. El hecho de que esa tecnología consistiera en preparar infusiones de plantas del bosque y rezar a su diosa sería secundario.

El juez dio el turno de palabra a los Danaán y Lucide Corentine se levantó, dispuesto a replicar como portavoz de la familia.

- Estimado señor Raman Katmai, parece usted sentirse muy orgulloso del mundo en el que vivimos -empezó diciendo-, y no me cabe duda de que este orgullo se debe a su buen corazón... ¡pero también a su ignorancia! La misma ignorancia que nos ha arrastrado a todos a un mundo como en el que vivimos ahora: contaminado e insano, un mundo mancillado y humillado por la presencia humana. Su orgullo, señor Katmai, es antiguo: proviene de la era de la Revolución Industrial, cuando los hombres enarbolaron sus herramientas de hierro y creyeron que la Naturaleza era suya, así que tomaron de ella lo que quisieron sin ningún tipo de respeto ni de preocupación por las generaciones futuras. En su caso quizá sea un orgullo bondadoso pero la verdad es, Sr. Katmai, que en la historia de la Humanidad ha resultado ser, sobre todo, venenoso... ¡mortalmente venenoso!El ser humano se cree por encima de la Naturaleza y la devora sin piedad, como un parásito, sin freno, sin control, y cuando acaba con un cuerpo planetario vuela imperturbable a por otro, y luego a por otro, y a por otro, y tras de sí deja un reguero de planetas impregnados de productos químicos artificiales; un reguero de planetas sucios, contaminados hasta la muerte, con los ecosistemas destrozados, asfixiados en montañas de basura, ahogados en atmósferas irrespirables.

Yo no había dicho que el ser humano se creyera por encima de la naturaleza, pero tuve paciencia y escuché. El discurso de aquel hombre estaba plagado de falacias lógicas y tergiversaciones a partir de mis palabras. Sin embargo, observé que los padres de Aod le escuchaban embelesados. Los dos habían sido capaces de levantar sendos negocios y lograr que produjeran beneficios, así que supuse que debían de tener un cierto grado de inteligencia, una cierta capacidad para percibir su entorno, ver oportunidades en él y actuar en consecuencia. Pero, por algún motivo que no alcanzaba a discernir, toda aquella inteligencia no les servía para ver a Lucide Corentine como lo que realmente era: un vendedor de píldoras azules, de entelequias, de humo.

Acabó diciendo:

- Usted dice que no podremos curar a Aod de una forma segura, Sr. Katmai. Pero todos podemos ver a dónde nos ha llevado su tecnología: vivimos en un ambiente artificial, impregnados en substancias tóxicas que nos enferman, alejados de nuestra Madre Naturaleza, de nuestra esencia vital. Miro a mi alrededor y ¿sabe qué veo? Tristeza, ansiedad, pesadumbre, miedo. La gente se siente atrapada y desorientada. Sr. Katmai: somos esclavos de la tecnología. ¿Es acaso este mundo más seguro?

Lucide Corentine se sentó en medio de una ola de aplausos. El juez pidió silencio y amenazó con desalojar la sala. Los aplausos remitieron y me tocó a mi replicar. Después de desmontar algunas de las falacias lógicas que contenía el discurso del iluminado, y de puntualizar que, de hecho, los niveles de contaminación eran cada día más bajos con cada nueva generación, acabé diciendo:

- A todos nos gustaría vivir en medio de un idílico edén en el que la Naturaleza fuera benigna y nos proporcionara, sin apenas tener que trabajar, el sustento que como seres materiales necesitamos. Lamentablemente, nuestros deseos no bastan para configurar la realidad. La Naturaleza nunca ha sido benigna sino un auténtico campo de batalla donde los recursos son limitados y no hay piedad para quien llega el último. No basta con las frutas que crecen en el bosque para alimentarnos a todos: hay que inventar la agricultura; no basta con el agua de los riachuelos que baja cristalina de las montañas para dar de beber a la Humanidad entera, hay que industrializar el consumo de agua para proporcionar suficiente agua con garantías sanitarias; no basta con dejar que la lluvia se lleve al mar la porquería que genera un ser humano o que reciclen las bacterias de la tierra nuestros excrementos: hay que inventar métodos modernos de reciclaje y purificación. En realidad, Sr. Corentine, el mundo idílico al que usted aspira a retornar no ha existido nunca: la civilización humana antes del siglo XX era un auténtico infierno, y durante buena parte del siglo XX y XXI también, las enfermedades campaban a sus anchas, los parásitos devoraban tanto a reyes como a plebeyos, la gente evitaba a toda costa beber agua por miedo a morir envenenados. La lógica de la Naturaleza carece de toda espiritualidad, compasión o afectividad humana. ¿Es a esa lógica a la que quieren entregar a su hijo, señores Danaán?

Me senté de nuevo, bastante enfadado. Tenía la sensación de estar perdiendo el tiempo. Era evidente que no era una cuestión de lógica: era una cuestión de emociones. Algo irracional. A los padres de Aod les habían vendido una imagen del mundo que les hacía sentirse seguros, una imagen donde todo estaba ordenado, donde el caos y el sinsentido de la vida desaparecían y todo lo que veían a su alrededor eran piezas de un mismo puzzle coherente y lleno de luz. Esa seguridad que tan bien les hacía sentirse era más importante para ellos que cualquier otra cosa. Incluso que la vida de su hijo. Al fin y al cabo, hijos se pueden tener varios, pero vida sólo tenemos una, y si te quitan el sentido de tu vida... ¿qué te queda? ¿Qué te queda en medio de este erial que es el Universo? La locura, la nada, el terror absoluto. El vacío. Ese había sido mi error: no ofrecerles una pastilla azul aún mejor que la de Corentine. La lógica no sirve para nada cuando hablamos de vivir todo el resto de tu vida aterrorizado.

Me di cuenta demasiado tarde.

La réplica del iluminado fue sencilla. Después de disertar sobre la felicidad que se apodera de los seres humanos cuando regresan a la Naturaleza, acabó diciendo:

- Donde usted ve enemigos, lucha sin cuartel, riesgos y peligros yo veo equilibrio y belleza, Sr. Katmai. El estado natural del ser humano es estar en comunión con la Naturaleza pero el engreimiento humano no tiene mesura, es infinito. Usted dice que la Naturaleza no produce suficiente por sí misma para mantenernos a todos. Yo replico: quizá sea el momento de dejar de ser tantos y tan soberbios, quizá sea el momento de decrecer y volver a estar en comunión con nuestro entorno.

Aquella última declaración me pareció especialmente escandalosa. La gente aplaudía. ¿No se daban cuenta de lo que acababa de decir aquel hombre? Decrecer. Eso es lo que había dicho. Significaba que la población humana en aquel planeta tenía que disminuir. Lo que estaba proponiendo aquel hombre, en resumen, era que la población humana tenía que ser como máximo la que pudiera mantenerse en aquel planeta por medios totalmente naturales, sin recurrir a industria alguna. Es decir, que la población tenía que ser lo suficientemente pequeña como para que todos los recursos que necesitaran pudieran consumirlos directamente del medio natural. Eso implicaba una población realmente pequeña, si el medio natural tenía que tener tiempo a regenerar lo que los seres humanos consumieran. Lo que proponía aquel hombre era regresar a la época de las cavernas, a la época de los cazadores-recolectores, cuando la Humanidad era un puñado de tribus nómadas constantemente al borde de la extinción. Y la gente le aplaudía. Aquel hombre había dicho que la gente tenía que desaparecer, y la gente le aplaudía.

Lo vi claro: su plan de exterminio empezaba con Aod.

La vida del niño sólo era valiosa para personas de esa calaña en tanto en cuanto ponía a prueba la fe en sus creencias.

Sentí náuseas.

Quise replicar, pero el juez no me lo permitió. Los padres de Aod se retiraron a una sala contigua pero incluso en aquel momento el juez permitió que el iluminado Corentine les acompañara. No les dejó a solas en ningún momento. Yo miento mal, así que me hubiera costado mucho fabricar una píldora azul mejor que la de Corentine, pero por Aod debería haber aprendido a mentir mejor.

Evidentemente no conseguí convencer a sus padres. Regresaron al cabo de veinte minutos y volvieron a expresar la misma voluntad que antes:

- Queremos que nuestro hijo salga del hospital cuanto antes, queremos que lo traten nuestros hermanos.

Con la palabra hermanos se referían a sacerdotes de la religión que profesaban. Supongo que el iluminado Corentine era uno de esos hermanos.

Hice ademán de levantarme, pero mi abogado me agarró y me advirtió en un susurro:

- Si monta aquí un escándalo, hará que el juez ordene que nos detengan a los dos.

En la sala donde se había llevado a cabo la discussio no, pero en la calle sí me oyeron los padres de Aod.

Me lancé encima del coche que los recogió al salir del tribunal.

- Este coche es tecnología y también contamina, Sr. y Sra. Danaán -gritaba aplastado sobre el capó del coche, sin ningún tipo de rubor, agarrándome como podía a él, procurando evitar que los bandazos a un lado y a otro del vehículo, hechos a posta por el conductor, me tiraran.

Las cámaras lo estaban grabando todo, se emitiría en el telediario nocturno a nivel planetario. Máxima audiencia. No me importaba. Miraba fijamente a la cara granítica del padre de Aod, al otro lado del vidrio, imperturbable, sentado en el asiento del copiloto; el iluminado Corentine iba con la madre en el asiento de atrás, consolándola pues la madre estaba llorando... al parecer, no le gustaban los escándalos, no le gustaba llevar a un hombre espatarrado en el capó de su coche, un hombre que gritaba:

- Batería de hidrógeno de última generación, piel solar sensible, lubricantes auto-regulados mediante nanobots... ¡Nanobots parecidos a los que podrían salvar a su hijo! ¿Por qué esta tecnología sí y la que salvará a su hijo no? Piensen en ello, Sr. y Sra. Danaán. ¡Piensen!

Por lo visto, pensar no era lo suyo. Mi abogado me agarró del traje y tiró de mí justo antes de que el conductor, probablemente un hermano de la secta, pisara el acelerador. Acabamos rodando por el suelo mientras las cámaras nos grababan. En el telediario dijeron que los ecumenimistas nos habían bapuleado y pusieron la imagen en la que rodábamos por el suelo. Ese fue el resumen que hicieron de la discussio los medios de comunicación.

Alenda y Crespo me vieron tan abatido después de la discussio que intentaron consolarme.

- No es culpa suya -me aseguró la doctora-, ha sido un buen intento pero esa gente está totalmente enajenada.

- En la inmensa mayoría de casos -aseguró el abogado-, una vez se ha llegado a la discussio, no hay nada que hacer. No es una cuestión de lógica o de ser un buen orador, es otra cosa, algo que está más allá de lo que un hombre puede conseguir con palabras.

Eso es lo que pensaba yo pero a aquellas alturas sólo me interesaba discutir una cosa.

- Al fin y al cabo -acabó diciendo Crespo-... ¿quién puede conseguir provocar una catarsis sólo con palabras?

Yo tendría que haber sido capaz.

- Sólo me interesa discutir una cosa en este momento -repliqué: ¿qué podemos hacer?

Y entonces se quedaron callados.

El director de mi colegio no fue tan compasivo.

- Esto no es bueno para el colegio -me espetó a la mañana siguiente de la discussio.

Estuve a punto de contestar: ¿A qué se refiere? ¿A que se mueran los alumnos?

Pero me contuve.

- Hay mucha gente que considera -continuó- que no es bueno que sus hijos tengan un profesor...

- ¿que monta escándalos en la calle y luego sale en las noticias? -propuse.

- No exactamente.

Me quedé en silencio.

- A ningún padre le gusta las injerencias en la educación de sus hijos -dijo finalmente-, y hay muchos padres que consideran lo que estás haciendo como injerencias en asuntos de familia. Todo esto es publicidad negativa para el colegio. Comprendo tu preocupación por Aod, y te agradezco tu implicación personal, pero creo que deberías tomarte una semana de vacaciones.

- No me apetece tomar vacaciones ahora -contesté con acritud.

- ¿Estás seguro?

Comprendí que no era una sugerencia.

Aproveché el tiempo libre para buscar información. Me sumergí en la holored transistema. A veces tenía que esperar mucho tiempo para conseguir ancho de banda porque las antenas Aleph eran muy antiguas en aquel sistema y se saturaban con facilidad. Pero no me importaba: esperaba lo que hiciera falta porque estaba decidido a registrar el Universo entero, o al menos el Universo conocido, en busca de datos que pudieran serme útiles. Me tumbaba en la hamaca de conexión durante horas y me mantenía a la espera, aislado en la burbuja de navegación, el tiempo necesario hasta conseguir conexión con bases de datos de cualquier sistema estelar.

Descubrí que la práctica religiosa se toleraba en todos los hábitats humanos pero que, en la mayoría de ellos, ciertos preceptos se definían como extremos y su seguimiento se consideraba consecuencia de una enfermedad mental grave. Al diagnosticarse un caso así, se aplicaba un tratamiento desarrollado en la Universidad Giordano Bruno de Grandelia, un tratamiento cuyo origen se remontaba al siglo XX. Y si el fiel en cuestión, el “paciente”, se negaba a ser tratado entonces era expulsado del hábitat. Fue a finales del siglo XX cuando se descubrió que la aplicación de campos magnéticos débiles en la cabeza de ciertas personas podía provocar una serie de alucinaciones: por ejemplo, percibían la presencia de otra consciencia en la habitación, o incluso dentro de su propia cabeza, o sentían cerca de ellos lo que definían como espíritus, y también otros fenómenos llamados paranormales. La hipótesis de partida fue que esos campos magnéticos alteraban la coordinación entre los hemisferios cerebrales y esa descordinación provocaba un fenómeno de disociación del “yo”. A los investigadores les parecía muy interesante que hubiera ciertas personas a las que no parecía afectar la aplicación de campos magnéticos y que, en la mayoría de casos, estas personas tuvieran un talante escéptico. Se preguntaban si lograrían evitar el comportamiento extremo propio de los fanáticos copiando en su cerebro la característica crucial de un cerebro escéptico, aquella que parecía hacerle inmune a los campos magnéticos generadores de fantasmas. Las investigaciones habían evolucionado hasta desembocar en un tratamiento orgánico: a las víctimas de sectas ya no se les desprogramaba, simplemente se les cambiaba su arquitectura cerebral, procurando que ese cambio no afectara a otras facetas de la vida del enfermo.

No era casualidad que el tratamiento hubiera acabado de tomar forma en el sistema Grandelia. En el año 2159 todos los integrantes de una secta habían muerto por creer que eran los herederos auténticos de Grandelina, donde debían establecer un nuevo paraíso y empezar de nuevo la historia de la Humanidad. Convencidos de que en cuanto pisaran la superficie de la luna, el satélite se transformaría en un vergel paradisiaco, abrieron las compuertas de una de las esclusas de la ciudad y quedaron expuestos a la intemperie sin más protección que la ropa de algodón y lino que llevaban puesta. Entre la diferencia de presión y la atmósfera venenosa, la muerte fue casi instantánea. Lo peor de todo es que su líder les había precedido y habían visto con sus propios ojos, a través de los ventanales de la esclusa, lo que le ocurría al quedar expuesto sin la protección adecuada a la atmósfera de Grandelina, cuál era el efecto sobre el cuerpo humano de aquel caldo helado y saturado de hidrocarburos y disolventes orgánicos. Ni siquiera esa visión les persuadió de seguir adelante. Habían visto cómo su líder moría de una forma horrible y, a pesar de todas las evidencias en contra, se lanzaron al exterior con mayor ilusión: supusieron que su líder les estaba sometiendo a una prueba para certificar su fe, para ver con cuánta fuerza creían, y aún tuvieron más ansia por salir al exterior, por demostrar cuánto creían. No sobrevivió ni uno. Por suerte sabían manejar bien la esclusa y no despresurizaron la ciudad entera. Descubrí casos semejantes en el siglo XX en la Tierra, y, en otros siglos, también en otros mundos, casos en los que no era suficiente con demostrar a la víctima su error, por muy rotundo, garrafal y esperpéntico que fuera, para que tomara consciencia de él y cambiara de opinión. Seguía siendo invisible para la víctima, y ésta seguía considerándose en posesión de la verdad absoluta. No era nuevo en la historia de la Humanidad.

Lo nuevo fue la actitud del gobierno de Grandelina: sus integrantes llegaron a la conclusión de que no podían permitirse el lujo de convivir con personas que creían en paraísos, duendes, espíritus y otras fantasías en un entorno tan hostil como es la luna de un planeta gaseoso y obligaron a los médicos a aplicar un tratamiento experimental a todos los miembros de aquellas sectas que consideraron peligrosas. La alternativa era el exilio. La medida, vista desde la cálida atmósfera de un planeta tipo Tierra, puede parecer totalitarista y repulsiva pero cuando la vida de millones de personas pende continuamente de un hilo en un entorno hostil, y son las máquinas las que te mantienen con vida, cualquier gobernante quiere asegurarse de que no tiene a ningún tonto en la sala de máquinas. La palabra técnica no es tonto: es Síndrome de Percepción Disfuncional Total, o SPDT. En cualquier caso, el nombre importa poco. Lo que importa son los resultados. Y los encontré en la holored, publicados en revistas especializadas. Los leí con avidez. La eficacia del tratamiento, fruto de los experimentos que se habían iniciado en el siglo XX, había sido espectacular. Hasta el 98 % de los adictos a las píldoras azules había dejado sus respectivas sectas y no habían vuelto nunca, que se supiera.

Me puse en contacto inmediatamente con la doctora Kos.

- Conozco esas investigaciones -fue lo primero que me respondió.

- ¿Entonces?

- ¿Usted cree que los padres de Aod accederían a someterse a un tratamiento? -me preguntó con sarcasmo.

- Ya lo sé -respondí con paciencia-. Por supuesto que no aceptarían. Pero no la llamo por eso.

- No le entiendo.

- El mero hecho de que exista un tratamiento eficaz en el 98% de los casos puede arrojar dudas sobre el estado mental de los señores Danaán. Quizá si interponemos una demanda, el tribunal correspondiente la admita a trámite, aunque luego no se gane. Ganaremos tiempo. ¿Ha empezado a curar a Aod?

- Sí, pero necesitamos más días, aún no está fuera de peligro.

- ¿Ve? Interponer esa demanda es justo lo que tenemos que hacer. Si conseguimos que la admitan a trámite e ir a juicio, los padres no podrán sacar a Aod del hospital durante todo ese tiempo.

- Mmm... Puede que funcione. Llame a Crámer, coméntele la idea.

A Crámer la idea le pareció una quijotada, pero dijo también que a él le encantaba lanzarse contra molinos de viento, así que redactamos la demanda aquella misma madrugada y la interpusimos al día siguiente. Crespo se encargó de todo el formulismo legal y yo me encargué de aportar todos los datos y referencias necesarias sobre los tratamientos aplicados en Grandelina.

Fue desestimada en dos días.

Hablé con la doctora Kos.

- ¿Cómo es posible que la hayan desestimado tan pronto? -le pregunté.

- El Dr. Amadeo Adler era el presidente de la Comisión Consultiva.

- ¿Quién es Amadeo Adler? -exclamé-... ¿Es médico? ¿Cómo es posible que un médico forme parte de esa secta?

- No, el Dr. Adler no es ecumenimista, es cristiano ortodoxo. Supongo que no le hace gracia que a unos creyentes, aunque no sean de su misma religión, se les pueda declarar mentalmente incompetentes por la fe que profesan.

- No, por la fe que profesan no: por no atender a su hijo como es debido. Es muy diferente.

- Le entiendo, pero eso no son más que sutilezas irrelevantes para ellos. Supongo que tienen miedo de que aceptar una demanda semejante signifique a la larga un ataque contra la Ley de Práctica Religiosa.

- Se nos acaban las opciones.

- No, se nos han acabado ya.

- Aún no.

- ¿En qué está pensando?

- En someter a los padres de Aod al tratamiento por la fuerza.

- ¿Se ha vuelto loco?

- No, hace años el tratamiento implicaba neurocirugía pero hoy en día no -le expliqué-. Hoy en día suelen utilizarse vectores víricos artificiales.

- Lo sé, lo sé, y ¿qué? ¿qué pretende hacer? El hecho de que se utilicen virus no significa que no sea necesario un entorno muy tecnificado para aplicarlos.

- Sí, porque se toman medidas de asepsia extremas para evitar la contaminación a otros organismos, pero en realidad si se aplicaran en plena calle no pasaría nada porque esos virus responden a un perfil genético concreto y permanecen inactivos ante cualquier otro perfil.

- Sí, en teoría sí, Sr. Katmai, en teoría, pero no hay estudios definitivos al respecto. Contaminar al paciente con uno de esos virus fuera de una sala blanca extrema sería una irresponsabilidad inasumible para cualquiera con sentido común.

- Entonces... ni se plantearía solicitar uno de esos virus a Grandelina, ¿verdad?

- Antes deberíamos obtener el perfil genético completo de los padres de Aod, transmitirlo a Grandelina, esperar a que fabricaran el virus, esperar a que nos lo enviaran, le recuerdo que la recepción de un paquete clasificado como material biológico de laboratorio extremadamente contaminante podría llevar semanas o meses por los controles de seguridad y burocráticos, secuestrar a los padres de Aod, llevarlos a una sala blanca de máxima seguridad... en fin, Sr. Katmai, si se le ocurre algo razonable, llámeme, en serio.

Cortó la comunicación.

Pensé en Antígona. Veintisiete siglos después de que Antígona se compadeciera de su hermano Polinices, y fuera condenada por ello, los gestores al cargo de los asuntos mundanos seguían elevando a la categoría de ley fundamental del Universo lo que no era nada más que su capricho e interés personal. ¿Qué era Lucide Corentine si no Creonte de Tebas al impedir que los padres de Aod salvaran a su propio hijo? ¿Seguían acaso los señores Danaán una ley fundamental del Universo, como la Segunda Ley de la Termodinámica o el principio de conservación del momento lineal, al no permitir que su hijo fuera tratado por la medicina moderna, o no hacían más que someterse a la voluntad de un hombre? ¿Qué era Lucide Corentine si no la despreciable versión del siglo XXIII de Creonte de Tebas, al blandir unas reglas que quería hacer pasar por leyes transcendentes cuando no eran más que miserables instrumentos humanos para asegurar el poder del propio Lucide Corentine y sus cómplices y secuaces? Como Antígona dispuesta a hacer lo que había que hacer, guiada por las reglas más sencillas de la compasión y del amor filial, así estaba yo: dispuesto a hacer lo que había que hacer. Ojalá hubiera podido yo salvar la vida de Aod arrojando un puñado de arena a los cadáveres andantes de sus padres. No tenía miedo a todas aquellas leyes que blandían sobre mí como una espada de Damocles. No era el miedo lo que me paralizaba. En aquel siglo en el que vivía eran necesarios conocimientos técnicos y especializados para poder hacer lo que había que hacer. Veía con lucidez qué había que hacer pero esa lucidez no bastaba en una época en la que una infinitud de capas tecnológicas nos separan de las acciones que nuestra naturaleza moral nos impone.

Llegó el día en el que el Sr. y la Sra. Danaán pudieron sacar del hospital a aquel niño con el que en teoría estaban conectados a través del amor filial. Ahí estaba yo, junto con Crespo Crámer, el abogado, pero la policía no nos permitió ni entrar en los jardines que rodeaban al hospital. A Aod no lo vimos ni de lejos. Se lo llevaron por una puerta diferente a donde Crámer y yo nos apostamos, con la esperanza de que alguien nos pasara la información de por dónde salían, para poder seguirles, pero tal información no llegó, por mucho que Crespo llamó a la Dra. Kos y a otros contactos que tenía en el hospital. Ninguno aceptó la conexión.

Nos dirigimos a la casa de la familia Danaán y aparcamos el coche a una distancia prudencial. Los últimos quinientos metros los recorrimos a pie. A medida que nos acercábamos tuvimos tiempo de sobra para contemplar la multitud que se había reunido en el jardín que rodeaba la casa. Había grupos de personas que estaban sentadas en el césped formando corros. Cantaban agarrados de la mano mientras algunos encendían incienso y velas. Otros charlaban reunidos en grupos de tres y cuatro personas. Unos pocos repartían comida y bebida entre los que charlaban. Me pareció distinguir dos o tres personas vestidas con túnicas semejantes a la de Lucide Corentine.

Digo me pareció porque llegó un momento en que centré toda mi atención en la puerta de la casa. Estaba abierta de par en par. Dentro tenía que estar Aod. Mi objetivo era entrar en la casa y encontrar a Aod. A partir del momento en que vi la puerta abierta no fui muy consciente de lo que ocurría a mi alrededor, del olor a incienso y a pasteles y a frutas tropicales, de los cantos y del silencio que se produjo a medida que avanzábamos Crespo y yo por el jardín.

Alguien avisó a los padres. Nos interceptaron cuando aún faltaban unos metros para llegar a la entrada de la casa, a la puerta abierta de par en par tras la cual debía de estar Aod. Intenté seguir avanzando pero el padre y la madre se plantaron justo delante de mi. Intenté rodearlos. Los adeptos de la secta me lo impidieron. Crespo estaba a mi lado.

Me encaré con los padres y les espeté:

- ¡Quítense de en medio!

- ¡Es usted un sinvergüenza! -me gritó el padre- ¡Está en mi casa! ¡En una propiedad privada! ¡Llamad a la policía!

- ¡Su hijo no es propiedad privada suya! -le chillé, furioso- ¡Su hijo no es un objeto, no le pertenece!

- Señores, señores -intentó poner paz Crespo-, estamos aquí porque la ley nos permite estar presentes como testigos en cualquier ceremonia religiosa que se lleve a cabo en este planeta.

- Aod está recibiendo tratamiento médico -replicó Lucide Corentine, que se había situado al lado de los padres-, no hay ningún ritual religioso del que ustedes puedan ser...

- Perdone, Sr. Corentine -le interrumpió Crespo-, pero no estoy de acuerdo porque...

En aquel momento, yo perdí la paciencia.

- ¡Ya está bien! -grité-. Aod puede morir en cualquier momento.

Intenté avanzar.

La madre de Aod alzó sus brazos y apoyó la palma de sus manos en mi pecho.

No era ningún gesto amistoso. Utilizaba sus brazos como arietes para proteger a su hijo.

- ¡Alto! -dijo con cara de loca, con unos ojos ansiosos por salir de sus cuencas y lanzarse contra mí como las piedras de una lapidación contra un hereje- ¡Alto! -repitió- ¡Tenga usted en cuenta que si mi hijo muere será culpa suya, de su mundo, de este mundo artificial en el que la gente como usted nos ha metido, contaminado, falso, repugnante!

La miré de arriba a abajo.

- Está usted loca -dije con desprecio-, totalmente loca -subrayé.

Y aparté sus manos despectivamente a la vez que intentaba seguir avanzando.

- ¡Pero qué se ha creído usted! -saltó el padre de Aod- ¡Invade usted mi casa, insulta a mi mujer y...!

Me agarró del cuello.

Le pegué un puñetazo en el estómago que lo dobló por la mitad y le hizo perder el equilibrio.

Crespo me sujetó.

- Por favor, por favor... -decía.

El padre de Aod cayó al suelo, aturdido. Mi puño había conectado de forma contundente con su plexo solar. El hombre intentaba recuperar el aliento tumbado en el suelo.

Le señalé con el dedo mientras Crespo intentaba alejarme de él.

- No se atreva -le dije, rabioso- a ponerme las manos encima. ¡No se atreva!

La madre de Aod se desmayó.

Después de la sorpresa inicial, todos se pusieron de acuerdo para lincharnos. Lucide Corentine desapareció y dejó la primera línea a un buen puñado de jóvenes, hombres y mujeres, vestidos de algodón natural y adornados con flores pero con cara de pocos amigos que, poco a poco, iban cerrando un círculo sobre mí y sobre Crespo. El abogado, a esas alturas, se había olvidado ya de las leyes y de lo que nos permitían y no nos permitían hacer y tiraba de mí hacia el coche.

- ¡Escoria! -gritaba yo, poseído por la rabia y la furia mientras intentaba alcanzar la puerta de la residencia de los Danaán y Crespo intentaba sacarme del jardín- ¡Todos ustedes son escoria!

No era muy consciente de la situación.

Joder con los nuevos ecologistas pacifistas animistas. Qué pacíficos. Viva la no violencia. Qué fe, qué fruición en su práctica. Algo se ha perdido por el camino desde que Gandhi se dejaba apalear en las manifestaciones. A mí me rompieron varias costillas. Crespo utilizó su maletín para protegerse, pero no pudo evitar acabar con la cara amoratada. Y si no hubiera aparecido en ese momento la policía, a la que alguien había avisado en cuanto pisamos el jardín de los Danaán, habríamos acabado mucho peor: nos habrían molido a palos y nos habrían abandonado en medio de la calle. Estaban bastante cabreados. Parece ser que el incienso no aplaca ciertos instintos asesinos.

Crespo Crámer pretendía ser testigo de todo lo que hicieran los neonimistas con Aod. Decía que la ley permitía la presencia de observadores. Yo me ofrecí a acompañarle y él aceptó. Yo no pensaba ser testigo de nada: pretendía secuestrar a Aod en cuanto viera alguna oportunidad, algún momento en el que le dejaran solo, un momento de distracción, de despiste, incluso podía sondear a Crespo como posible cómplice cuando estuviéramos cerca de Aod. Pero mi temperamento me perdió. Cuando vi tanta gente alrededor de la casa me desesperé, y cuando nos salieron al paso los padres de Aod, mis nervios se destemplaron del todo y lo único que conseguí es que faltara poco para ser linchados por los ecumenimistas.

Me pareció distinguir un par de cámaras de televisión, creo que volvimos a salir en el telediario de la noche, aunque no estoy seguro, puede que los medios de comunicación ya tuvieran un nuevo juguete. 

El caso es que la policía les contuvo a ellos y nos detuvo a nosotros. A Crespo no tardaron en soltarle pero yo pasé varios días en el calabozo del cuartel local. Obviamente, me despidieron del colegio.

Aod murió al día siguiente de que Crespo y yo visitáramos su casa, en medio del bosque, en algún punto donde los farsantes de la secta que se hacían pasar por médicos intentaban curarle a base de hierbas, masajes y otras píldoras azules. Según me dijo Crespo, a su entierro fue mucha gente. Le pregunté si habían intentado linchar a los padres. Me dijo que no.

- Ah -dije con cinismo, imitando a una persona que justo en ese momento se acababa de dar cuenta de algo importante- se han comportado todos como si Aod hubiera muerto por designio divino ¿no? Como si hubiera sido un accidente, ¿verdad? Como si hubiera sido algo inevitable, una explosión de supernova, un cataclismo estelar imparable ante el cual los seres humanos sólo podemos arrodillarnos y pedir clemencia. Fíjate: como si no hubiera unos culpables muy concretos, como si no fuera lo que es: un asesinato.

Crespo Crámer bajó la vista.

Me dijo que él y la agrupación que luchaba por cambiar la ley estaban trabajando para conseguir mi libertad condicional. Se lo agradecí.

Al cabo de un par de días regresó a mi celda y me mostró una pantalla flexible en la que aparecía un documento con varios sellos oficiales.

- Lea -me pidió.

- ¿Qué es? -pregunté.

- Es su libertad condicional. Lea.

Leí.

- Aquí dice que he de colaborar con su organización a cambio de mi libertad condicional.

- Exacto -me dijo-, ¿no le parece un trato razonable?

Se sentó enfrente de mi, me miró directamente a los ojos y me explicó con vehemencia:

- Necesitamos gente como usted, Raman. Es un poco temperamental, pero ya se irá templando con el paso de los años.

¿Con el paso de los años? pensé yo ¿Años?. Él esperaba que yo dijera algo pero permanecí en silencio. Entonces decidió continuar:

- Estamos luchando para cambiar las cosas, para que el caso de Aod no vuelva a repetirse. A usted le concederán la libertad condicional a cambio de servicios a la comunidad. Propuse que esos servicios los desempeñara en nuestra organización y el juez dio su visto bueno. Más tarde, cuando se celebre el juicio, presentaremos los servicios que ha prestado como puntos a su favor. Le condenarán a pagar una multa, nada más. Al fin y al cabo usted no tiene antecedentes.

- Una multa. Fantástico. ¿Y cómo la pagaré?

- Raman, no se obceque. Le contrataremos. Le pagaremos un sueldo. Tenemos mecenas importantes, podemos permitírnoslo. No crea que su actuación en todo este tema ha pasado desapercibida para ciertas personas que financian nuestra organización y están en contra de la actual Ley de Práctica Religiosa.

Suspiré.

Justo en aquel momento llegó la persona que estaba esperando.

Se plantó en el pasillo y esperó a que la puerta de mi celda se deslizara a un lado. Cuando la entrada quedó expedita, saludó marcialmente, dijo: Buenos días, Sr. Raman, y entró.

La puerta volvió a cerrarse inmediatamente.

- ¿Qué hace aquí un Reclutador de la Armada? -preguntó Crespo mientras nos miraba alternativamente a los dos.

Se había quedado de piedra. Si yo le hubiera contestado dándole una bofetada, su cara de sorpresa no habría sido más expresiva.

- No creo en su organización, Sr. Crámer -le dije a mi abogado.

Me miró boquiabierto.

Tuve la impresión de haber sido demasiado brusco y añadí:

- Entiéndame: sí creo. Alguien tiene que hacer la labor que hacen ustedes pero... Eso no es para mí. ¿Dedicar mi vida a luchar contra la estupidez humana? Me siento agotado sólo de pensar en ello. Me siento agotado antes de empezar.

- Es normal -insistió Crespo-, es normal, Raman, han sido unos días muy duros.

Como buen abogado, no se había quedado sin palabras, a pesar de su sorpresa.

- Tómese unas vacaciones -continuó diciendo-. Ni siquiera es necesario que cuando salga en libertad condicional empiece inmediatamente a trabajar con nosotros. Tómese unos días de descanso.

- ¿Y qué si me tomo unos días de descanso? -repliqué-. ¿Cree usted que mientras usted viva cambiarán la ley? ¿Cuántos años llevamos de Historia, Sr. Crámer, y aún estamos así?

- Usted lo ha dicho: es una lucha histórica, Sr. Raman, todos debemos aportar nuestro granito de arena. No pierda la perspectiva histórica. La Humanidad evoluciona, lentamente pero evoluciona. ¿Qué es una vida comparada con la Historia de la Humanidad? ¿Qué es su vida comparada con la huella que puede dejar en la Historia, en las generaciones venideras?

- Mi vida es todo lo que tengo aquí y ahora -dije.

Y firmé en la pantalla flexible que me tendía el Reclutador, donde se mostraba un contrato con la Armada Humana por cinco años de servicio, renovables otros cinco años más.

Hay miembros de la escuadra que creen que me enrolé porque el Ínbid destruyó el planeta de mis padres, pero no es cierto. Ese horror vino después.

El planeta donde murió Aod se llamaba Tierra.

Era la cuna de la Humanidad.

Nuestra buena y vieja Tierra.


(Fin del capítulo 32. Siguiente capítulo)

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